Muuuucho calor. Demasiado calor. No hay ganas ni fuerza para sacar fotos.
No hay ni un alma por la calle. Los 40 grados y el aire de fuego nos hacen quedarnos a todos presos dentro de nuestros aposentos que se encuentran en el interior de la muralla que rodea el casco histórico. Si aunque sea los fosos de agua que aun permanecen en la zona sirvieran para darse un chapuzón para evitar el desvanecimiento común...
La verdad es que Chiang Mai es un lugar cuanto menos entretenido, pues ofertan cursos de todo tipo: de cocina, de Muay Thai, de yoga... Si hubiera alguno de defensa personal contra el calor sería ya maravilloso, pero parece que todavía no han pensado en eso. Quizá habría que patentarlo...
También es posible visitar un santuario de elefantes para interactuar con ellos, hacer trekking por los alrededores, visitar alguno de los muchos templos que hay en la ciudad o acercarse a alguno más alejado para realizar un breve (o largo) retiro espiritual mientras se convive con los monjes y se practica la meditación.
Pero claro, con este calor, por mucho que haya de todo, ¿qué mejor que no hacer nada más que pasar el día tirado a la bartola con alguna bebida refrescante y esperar hasta la noche para salir? ese es el plan perfecto, pues es al ponerse el sol cuando la vida empieza y la resurrección se da.
Entre semana hay distintos mercados callejeros de souvenirs, ropa y comida por la ciudad que se pueden visitar, y un montón de restaurantes y bares donde se puede un rato agradable pasar.
Y si es fin de semana es imprescindible acercarse a los distintos night markets que montan en el centro y disfrutar del buen ambiente que hay en ellos. Es posible cenar al aire libre, pasear, curiosear los puestitos, observar a la gente... y antes de volver a casa, se puede redondear el día taaaan intenso tumbándose en una de esas butacas callejeras para dejarse mimar por uno de los tantos masajistas tailandeses, o si se prefiere, es posible también disfrutar de las cosquillas de los pececillos mordedores.