jueves, 30 de noviembre de 2017

Gente en Sudamérica

Qué bonito es viajar y qué bueno es conocer otras culturas y otra gente.... pero qué cansado resulta encontrate con que tienes que andar peleando constantemente.

Gracias a todas las batallas que estamos teniendo cuánto estamos aprendiendo; a ser asertivos primero, a ser pacientes después y seguido a defendernos y hablar con descaro y sin cortarnos un pelo una y otra vez. Y por último y no por ello menos importante, tenemos ya un máster en negociar fuerte y con mucha seguridad.

Es ya parte de la rutina tener que hacer frente a toda esta gente que no para de mentir, y qué agotador resulta saber que todos los días toca por algo discutir.

En Sudamérica puedes encontrarte gente simpática y amable, pero cuando interactúas con cualquiera que lleve algún negocio, todo se tuerce y toca ponerse a la defensiva como un ogro. Cada vez que hay dinero de por medio, la gente se vuelve lela y no hay manera, mentira por aquí y poca profesionalidad por allí; no hay un solo día en el que puedas simplemente confiar y disfrutar dejándote llevar.

Sin olvidar, además, la falta de puntualidad, algo que a ti te hace desesperar y que ellos se lo toman con total naturalidad, aunque algunos de ellos ya se empiezan también a quejar...

Tenemos historias subrealistas que son largas de escribir, con las que en el momento que suceden explotas pero a la larga y con perspectiva puedes con ellas un buen rato reír.

Por experiencia hay que decir que la gente de aquí no funciona como la de allí, por lo que tristemente hay que cambiar el chip y asumir que cada vez que contrates cualquier servicio, algo mal va a salir.

Aquí sólo te queda confiar en ti.

Las minas de Potosí

Click.

Enciendes la linterna frontal del casco y caminas hacia las fauces oscuras del Cerro Rico.

Chap, chap, chap...

Las botas chapotean y se manchan con esa mezcla de agua,  barro y polvo de mineral. No hay huellas, no existe casi prueba de tu existencia en las entrañas del subsuelo boliviano. Tan solo el registro en el que te apuntaste el día anterior. Cada metro que avanzas es un halo menor de luz, un poco más de inseguridad, un mucho más de oscuridad.

Esa oscuridad...La oscuridad dentro de una mina se siente distinta. Es como si pesara, como si la portaras sobre tus hombros.

Caminamos en fila india por el hueco que hay entre los raíles por los que circulan las vagonetas.

Si alguna viniera tendríamos que arrimarnos a la pared, colocados de perfil. El tema de la posición es importante, porque si nos ponemos de frente nuestro brazo ocupa el espacio del raíl. En caso de que la vagoneta viniera descontrolada nuestra extremidad acabaría tiñendo de rojo los charcos ocres que pisamos.

La bocamina ha quedado atrás y la única iluminación ahora es la que emana de nuestros cascos. El ambiente es húmedo, el pasadizo angosto, el techo, irregular. Superamos un arco construído con piedras que sujeta una sección de la montaña. Es de la época colonial, lleva más de 400 años distribuyendo la presión de la mole rocosa potosina.

Y nosotros ahí dentro.

Los soportes modernos son diferentes: madera de eucalipto.

Y nosotros ahí abajo.

De repente se escucha un siseo a nuestra derecha. Proviene de una precaria tubería de goma. La cabeza se dispara y pienso en un escape de gas.

Pero no. Menos mal que no. Ese tubo transporta aire a presión que se utiliza para dispersar los gases tóxicos. De momento, no hay peligro.

El pasillo va estrechándose cada vez más.

Un repiqueteo metálico nos llega lejano rebotando de pared en pared.

- Apúrense, por favor. Ahí adelante hay una escapatoria donde protegernos - dice el guía.

Inmediatamene después del martilleo sobreviene un rugido prolongado.

Y claro, nos apuramos.

Salimos de los raíles en la escapatoria e intuímos una luz tenue que se disgrega entre las partículas de polvo. El rugido es más potente a cada instante. La luz, más compacta. Una vagoneta pasa despacio ante nosotros. De ella sobresale un montículo de piedras, y cuatro sombras se esfuerzan, algunas tirando con cuerdas por delante, otras con las manos apoyadas en la parte trasera del vagón, las piernas flexionadas muy atrás, la cabeza gacha, en que el peso de la vagoneta cargada no les venza. Avanzan despacio sin apenas mirarnos .

Dejamos que crucen y esperamos pacientes a que el silencio anuncie la ausencia de peligro.

Reanudamos la marcha, pero no habremos recorrido 10 metros cuando el guía nos ordena sobresaltado que volvamos de nuevo hacia atrás. Rápido. Viene otra.

Al fin conseguimos avanzar. Notamos que poco a poco el aire se espesa. Cuesta respirar y hace más calor.


Llegamos a un cruce de vías. Una sigue recta, la otra se desvía hacia la izquierda para perderse en el abismo, pendiente abajo.

O arriba.

Porque desde las vísceras de la montaña brotan gemidos de esfuerzo. De esos que surgen involuntarios, de los que suenan a estertor de última fuerza.

Nos colocamos a salvo aprovechando el espacio triangular que dibujan la separación de vías y la pared. Nos apelotonamos como podemos y esperamos.

Cuando los gemidos se advierten cercanos se oye también la fricción entre la rueda y el raíl.

Ya vienen.

Al principio no se les ve. Los tapa la propia vagoneta, que parece estar viva. Y vieja. Y cansada.Agotada.

Avanza muy despacio. La luz frontal de los mineros rebota contra la popa del vagón, así que la máquina se acerca, fantasmagórica, lanzando gritos ahogados.


Cuando pasan por delante me estremezco. No sé desde qué profundidad vendrán, pero parecen surgir del mismísimo averno. Y allá volverán, porque los mineros adoran al dios de las tinieblas.

Loan al diablo, que aquí se llama  " Tío de la mina".

Al infierno irán, decía, si les falla la fuerza tan solo un instante, porque sus cuerpos son el único mecanismo de freno ante la gravedad.

Cambian la vagoneta de vía alzándola a pulso, sufriendo, sudando.

Desaparecen camino de la luz natural y nosotros nos vamos en dirección  contraria. Tenemos que bajar la cabeza para no golpearnos con el techo, cada cez más bajo. Llegamos a una galería más amplia. Hay confeti y hojas de coca  por el suelo. Cuando conseguimos centrarnos advertimos una figura antropomorfa sentada contra la pared. Tiene cuernos, un enorme pene erecto y una amplísima sonrisa de la que  penden dos  cigarros encendidos. Está fumando. 

Joder, es una estatua que fuma.

En su regazo se apilan más confeti, más hojas de coca y alcohol de 96 octanos. Los mineros se lo beben a pelo o mezclado con azúcar... Y parece que el Tío de la mina también.

Todo ello son ofrendas que los jornaleros del fondo de la tierra le realizan a su deidad.

Si el Tío está contento hará el amor con la Pachamama, y vetas perfectas de mineral germinarán de la relación.

En cambio, si se enfada, los sepultará bajo toneladas de rocas.

No juguéis con el diablo.

Charlando en torno al Tío de la mina.

Los españoles llegaron a lo que aun no era Bolivia con la pólvora en una mano y la biblia en la otra.

Cuando descubrieron la inmensa riqueza que albergaban las entrañas del Cerro Rico supieron que habían encontrado su propio " El Dorado".

Embarcaron esclavos africanos y sometieron a los bolivianos, que pasaron a realizar trabajos forzados en el seno de aquella montaña que tanto habían adorado y respetado.

Cuenta la leyenda que  el rey inca mandó parar la explotación de la riqueza del Cerro Rico porque un estruendo proveniente del fondo de la montaña le alertó de que aquella materia no era para ellos.

Y efectivamente,  fue para todos menos para ellos.

Porque entre los años 1600 ó 1700 Potosí, y su Cerro Rico, riquísimo, pasaron a ser el lugar más importante del mundo. Ahí se acuñaba la moneda más pura del planeta, plata de ley escupida por la madre tierra. En Potosí comenzaba y terminaba el mundo. Su mineral recorría el planeta en transacciones estratosféricas, pero nada, o bien poco, se quedaba en la localidad de donde se extraía. Del monte al tren, del tren al puerto peruano, del barco peruano al mundo.

En Potosí solo vivían bien los colonos.
Los demás  palpaban la plata en forma de veta. Nada de monedas. Esas eran para los blancos.

Los lugareños eran obligados a trabajar dentro de la mina durante 4 meses.
Para evitar fugas,  los españomes instrumentalizaron el miedo. No contentos con colonizar las tierras, colonizaron también las conciencias. Extendieron a lo largo y ancho de su conquista la doctrina católica, y cuando percibieron que las fugas de los mineros eran un problema, encontraron en la fé la solución.

Mandaron esculpir estatuas del diablo y las colocaron en las minas, debajo de la tierra, que es donde habita el demonio.

La iconografía como mecanismo de control: el cielo para los elegidos, el infierno para los esclavos mineros.

Con el transcurso del tiempo, el Tío de la mina mutó en una prueba mád de la capacidad adaptativa del  ser humano.

Los esclavos revistieron el icono católico con una pátina de creencias indígenas, y el significado de la estatua evolucionó: el demonio no convivía con ellos para vigilar que no escaparan de su reino, el Tío de la mina estaba ahí para protegerlos.

Lo colmaron de vicios en ritos de admiración: para él eran la coca, el tabaco y el alcohol.

 Querían que el Tío estuviera feliz. Si la euforia lo invadía, el Tío cortejaba a la Pachamama, y tras consumar el acto sexual sus hijos se multiplicaban en forma de veta de plata. Si la felicidad lo abandonaba, los sepultaba y mataba.

Hoy nos sentamos en torno al Tío de la mina para escuchar las historias que visten la Historia. Y para preguntar.



Las mujeres tienen prohibido trabajar en el interior de la mina, no sea que el Tío se enamore de alguna de ellas y deje de hacer el amor con la Madre Tierra. Si eso sucediera, el Cerro Rico dejarí de parir. Adiós al mineral.

Las viudas de los mineros muertos trabajan para la cooperativa, pero siempre al aire libre. Sea cuidando la maquinaria en la bocamina o sea separando los miinerales de la roca sobrante, nunca entrarán en los dominios del Tío.

Existe también trabajo infantil: " La ley establece que no se puede trabajar hasta los 18 años, pero ¿ Quién va  a venir aquí dentro a controlar? "

Algunos críos entran con 8 años en las tripas de la tierra. Otros vienen obligados porque no quieren estudiar. Entran en la oscuridad, pican, explotan la dinamita o cargan y empujan vagonetas, depende del órden jerárquico, y después deciden si volver a la secundaria o a la mina. Algunos mineros desean que sus hijos estudien. Otros, orgullosos, deciden que " si yo me cago en la mina mi hijo también debe cagarse ".

La carga de trabajo existente depende en gran medida del precio del mineral en dmel mercado.  Cuanda se cotiza al alza, abogados, tenderos y demás trabajadores dejan sus empleos y acuden a la mina. En tiempos de bonanza llegan a ganar el triple del salario mínimo boliviano. Cuando baja la cotización, todos vuelven a sus trabajos y sólo se dejan engullir por la oscuridad y el silencio los mineros irredentos, aquellos que tienen claro que prefieren vivir rápido y morir jóvenes.

Como las estrellas del rock, pero sin ápice de glamour.

La esperanza de vida los mineros de Potosí ronda los 45 años, pero su calidad es una mierda. Polvo y peligro en la oscuridad, alcohol y vicio a plena luz.

Deben disfrutar de la vida a tope porque saben que la silicosis, los derrumbes, las vaginetas descontroladas o cualquier escape de cas nocivo se los llevará por delante antes de lo deseado. Mientras tengan dinero, lo aprovechaŕán intensamente.

Por mucho ritual que  hagan, por muy contento que lo tengan, de su destino no los librará ni  su adorado Tío de la mina.

Ay ho, ay ho...

Que dura la vida del minero, no sé yo si compensa tanto sacrificio por un poco de dinero.

El paisaje de las minas de Potosì es desolador, un cerro grande, mucha piedra, polvo y nada más alrededor.

 

La mina evidentemente es oscura, y nada más entrar hay que dejar pasar un rato para que la vista se pueda habituar.

Caminamos por un pasillo estrecho, y mientras tanto palpamos que hay un carril en el suelo. Seguimos avanzando despacio y la bota se mete en en charco embarrado. Todo el camino está inundado... a medida que caminamos empezamos a ver algo, aunque no se yo si esto es bueno o malo, porque para lo que vamos encontrando...

El techo es desigual, a veces alto y otros más bajo, con lo que tenemos que agacharnos para no darnos.


De repente el guía nos chilla que tenemos que correr, que unal vagoneta va a aparecer, con lo que avanzamos tan rápido como podemos y nos acurrucamos cada uno en el primer hueco que encontramos contra la pared. 4 chicos pasan por delante nuestro, los pobres llevan cara de sufrimiento, pues van tirando del carro lleno de piedras y minerales que han encontrado. Debe de pesar mucho más de lo imaginado.

 

Cuando ya han pasado, seguimos y vemos tuberías a nuestro lado en ambos costados,  por los cuales pasa aire a presión que sirve para oxigenar la mina y eliminar los gases tóxicos que puedan salir de más abajo. El tubo tiene alguna fuga, y que mal rollo da escuchar el aire salir a nuestro lado,  sobre todo cuando sientes que es caliente y que huele a algo no identificado ...

Llevamos más de media hora caminando mina adentro, y se va notando que la temperatura va subiendo, a la vez que hay menos aire y nos vemos en la obligacion de respirar profundo y lento...

Llegamos al lugar donde está el Tío, un muñeco grande y horrible que da miedo, y sobre todo aquí dentro. Los españoles lo metieron a modo de diablo para tener atemorizados a los mineros esclavos, pues los obligaban a trabajar aquí dentro sin salir al menos durante 4 meses largos. El Tío cumplió su función unos cuantos años, pero poco a poco la versión fue cambiando, ya que los mineros empezaron a verle como un Dios que podía ayudarlos. Comenzaron a hacer rituales junto a él para que les diera seguridad y prosperidad mientras estuvieran trabajando, y se convirtió en el Dios de la mina, pues se supone, incluso a día de hoy todavía, que le da seguridad y prosperidad a quien le hace ofrendas y lo mima.


El tour a las minas es toda una aventura para el turista y un gran sacrificio para quien a ello se dedica...

domingo, 26 de noviembre de 2017

La "mafia" del transporte en Sucre

El nuevo aeropuerto de Sucre está a más de 30 kilómetros de distancia  de la ciudad. Teníamos que pasar por allí al día siguiente, así que comenzamos a informarnos sobre cómo llegar.

Preguntamos a varias personas pero las respuestas eran confusas. Nadie sabía nada, y si sabían, no parecían querer saber.

¿ Cómo no va a haber transporte público a un aeropuerto?

No dábamos crédito.

¿ Que sólo se puede ir en taxi? ¡ Venga ya! ¡¡¡¿ A 60 por persona?!!!!

Esta gente ha perdido la cabeza definitivamente.

Tras mucho preguntar y marear, una señora nos dijo que había una parada de buses públicos a unas cuantas cuadras, pero que creía que no estaba operativa. Asiéndonos a esta pista asaltamos a un conductor de minibús. Le preguntamos por la ventanilla qué línea nos llevaría al aeropuerto nuevo, y su respuesta, con los ojos enrojecidos y una enorme bola de hojas de coca en el carrillo, fue otra vez que no, que sólo nos llevarían los taxis.

No entendíamos nada.

Decidimos ir al hostal, preguntar en recepción e investigar por internet.

Ante nuestra incredulidad, la respuesta del recepcionista fue la misma que nos habían dado en la calle. Algo muy raro estaba pasando.

Cogimos los móviles y nos encerramos en la habitación. Afortunadamente, porque no siempre es así en Bolivia, el wi fi funcionaba bien. Venga señor google, ilumínenos. " Cómo llegar en transporte público al aeropuerto de Sucre"

Las primeras páginas eran noticias, titulares de periódico. No suele ser habitual, así que cliqué 4 ó 5.

En varios de los textos especificaba que el precio del pasaje público era de 8 bolivianos. En otro, hacían referencia a la reglamentación del precio del trayecto en taxi: 50 bolivianos para una persona, 60 para dos o más.

No puede ser.

 Puse de nuevo a trabajar el motor de búsqueda, esta vez intentando encontrar  la ley. No la  encontré, pero sí que aparecieron diversos artículos que corroboraban los precios. En el último que abrí, el periodista informaba de varias denuncias que pasajeros bolivianos habían interpuesto ante los abusos de los taxistas. Recuerdo especialmente el caso de un señor que debía coger un vuelo para ir a trabajar,  y ante la premura por llegar no preguntó el precio antes de subir al taxi. Le cobraron 150 bolivianos.

Dejé todos los artículos abiertos en el celular y bajé a recepción.

-Oye, ¿cuánto has dicho que nos cobraría el taxi?

-60.

¿ Por persona?

-Sí.

-¿ Y por qué los periódicos del país dicen que la ley establece 60 el trayecto como máximo?

-¿ Qué? No tengo conocimiento de eso.

- Sí. También dicen que hay buses y valen 8 bolivianos.

- No hay.

Saqué el móvil y abrí una noticia.

-Lee esto-le dije.

El hombre se incomodó. Tras leerlo, me dijo:

-¿ Sabe? Esta línea existía, pero le hacía competencia a  los taxis y a otras líneas de minibuses, y los sacaron de circulación.

-Cómo que los sacaron de circulación...

-Sí. Se juntaron hartos sindicatos de transportes y los sacaron de circulación.

- ¿ Y lo del precio del trayecto en taxi?

- No cumplen la ley. Ya no tienen competencia, así que los taxistas han acordado el precio de 60 bolivianos por pasajero. Es lo que pagaron unas turistas desde aquí mismo la semana pasada.

-Pues vuestros taxistas son unos hijos de puta. Llámale y díle que nos venga mañana  a buscar, y que si no hay más remedio le pagaremos ese sobreprecio, pero me va a tener que escuchar llamarle ladrón de mierda.

El hombre se removía en su silla. Se levantó y caminó por el pasillo.

- No debe ser la primera vez que lo escucha, señor.

- Me da igual. A mí me va a tener que oír.

Subí a la habitación, y desde el patio que teníamos delante de la puerta escuchamos al recepcionista hablar por teléfono: " ¿ Por persona?"

Poco después subió a buscarnos. Nos llamó y nos enseñó una conversación por wasap.

- He conseguido que os lo rebajen a 80 en total.

De repente, el precio había bajado de 180 a 80.

- Sigue siendo más de lo estipulado por ley, pero gracias.

Al día siguiente el taxi nos esperaba puntual en la puerta del hostal. Nada más sentarnos le cayó la dentellada.

-¿Vosotros por qué cobráis más de lo que marca la ley?

-¿ Qué? - dijo para ganar tiempo y preparar su coartada-.

Yo había afilado la navaja.

- Que por qué pretendías cobrarnos el triple de lo que marca la ley. Y por qué aun con la rebaja tenemos que pagarte 20 bolivianos más del límite legal.

- No señor. Eso fue una confusión del hombre del hostal-. Comenzaba la milonga-. Ya lo he aclarado con él. Le explico: la carrera por una persona es 50. Si van dos, 60, si van tres, 80.

Zuri desenfundó la escopeta.

- ¡Vaya lógica! ¿ No deberían ser 70?

El hombre no sabía cómo salir de la situación, y nos dijo que tenía un pasajero más para volver  a la ciudad, así que si volvíamos con él nos hacía precio,  y que perdonemos la confusión , que la culpa no es suya, que es un malentendido del hostal.

Al final, de los 300 bolivianos que íbamos a pagar en un principio por ida y vuelta, nos cobró 130.

Pero el epílogo de esto es un regusto amargo cada vez más intenso, porque nos queda la sensación de que en Sudamérica no puedes bajar la guardia, y que aun con todos sus atractivos naturales e históricos, que son espectáculares, el trato en toda situación en la que haya dinero por medio me quita las ganas de volver.

Una pena.


Sucre

El centro de Sucre es colonial y blanco. Si no se ha estado en más países sudamericanos puede resultar bonita, pero si se viene bajando desde Colmbia Sucre no es  ni de lejos la más bonita.

Tiene a su favor que es tranquila y segura, al menos la parte histórica, incluso de noche.

Hay varios lugares donde degustar comida boliviana, y comprar en el mercado es barato.



Aunque si eres amante de la historia, entonces sí que debes ir a Sucre, porque allí se firmó el acta de independencia de Bolivia y se le otorgó al país su nombre, en homenaje a Simón Bolívar. La ciudad toma el apellido del mariscal venezolano, sí, venezolano, que se convirtió en el primer presidente del estado boliviano.

Aun puede visitarse en " La casa de la libertad" el salón donde se llevaron a cabo las asambleas fundacionales del país. Este edificio es hoy un museo donde revivir el proceso de liberación de Bolivia.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Mercado de Tarabuco

Mercado de Tarabuco

Si se busca llenar la mochila de regalos este no es el lugar indicado, pero sí lo es si se quiere topar con algo inesperado.

Los domingos el pequeño y tranquilo pueblo de Tarabuco se transforma, pues cientos de personas se acercan desde las cercanas comunidades rurales para intercambiar o vender todo tipo de alimentos, productos agrícolas,textiles o artesanales.

Pero para el turista lo que se venda o deje de vender es secundario, pues lo que realmente le llamará la atención será el aspecto físico y el colorido y llamativo vestuario de quien ande por aquí caminando, ya que los campesinos indígenas que se ven por aquí siguen vistiendo como antaño.

Este es un mercado auténtico y una experiencia real, la cual te hará sentir como un bicho raro fuera de lugar.








miércoles, 22 de noviembre de 2017

Gabino Huaman

Gabino Huaman es un arriero orgulloso.

Una semana sí y otra no espera a los turistas a 4100 metros sobre el nivel del mar para llevarlos hasta los 5000...Porque  el caballo es el descanso del hombre.

Pero en este caso es además su herramienta de trabajo, y como el sustento hay que mimarlo, no ofrece el traslado a más de una persona por trayecto. Tampoco a turistas con sobrepeso.

" Para ellos hay caballos concretos" - dice sin ápice de ironía.

La semana que no traslada caminantes sin resuello Gabino se dedica a labores para su comunidad. Principalmente campesinado y mantenimiento de las infraestructuras de la aldea. Este sistema rotatorio reparte funciones de forma equitativa. Aquí todos arriman el hombro y cargan el lomo. En la Comunidad Campesina de Pampachini, distrito de Pitumarca, Perú, todos trabajan para uno y uno trabaja para todos.

Una de las personas encargadas de velar por el buen funcionamiento del sistema es Gabino Huaman, que también ejerce de dirigente campesino.

" Hoy estamos aquí la mitad de los arrieros. Si usted volviera la semana que viene no me vería. Es el turno de la otra mitad. No salimos todos a la vez. Así aseguramos ingresos para todos. Pero es que, además, hay que cuidar las tierras de la comunidad. Hay que arar, sembrar..."


Gabino Huaman es Técnico Pecuario Veterinario y un hombre respetado en Pampachini.

" Los que peor nos tratan son los propios peruanos. Vienen guías que no saben ni hacer esto ( junta los dedos índice y pulgar creando la forma de la letra "o" ) y ponen en duda nuestra profesionalidad. No nos toman en serio".

Los arrieros reciben a sus clientes vestidos con sus trajes tradicionales.

" Es nuestro uniforme de trabajo. En casa vestimos como ustedes".

A partir de los 5000 metros sobre el nivel del mar quien quiera hollar la cumbre para admirar el cerro de los 7 colores deberá bajar del caballo y caminar. Los arrieros esperarán en ese punto brindando a su caballo, su herramienta, un descanso necesario. Ellos se tumbarán junto al equino jugueteando con la hierba o mascando hojas de coca. Cuando estimen que el animal ha recuperado la energía volverán a ofrecer sus servicios a los montañeros, esta vez para descender.

-¿ Cuántos años tiene usted?- le pregunta el presidente de la Asociación de Arrieros de la Comunidad Campesina de Pampachini, Gabino Huaman, a su cliente.

Escucha la respuesta y piensa.

Él tiene 45 pero aparenta 20 más.

- Esta vida es muy dura, mamita.

Ayuda al viajero: Bolivia

BOLIVIA

La Paz
La calle Sagarnaga es importante para el viajero, ya que aquí hay un montón de agencias que ofertan tours de distintos tipos (Descenso por la carretera de la muerte, Uyuni...). También hay bastantes hostales asequibles y en una de las calles perpendiculares a ésta hay una calle llena de tiendas de artesanía, hierbas medicinales, etc.
En la parte de abajo se encuentra la plaza San Francisco, y desde aquí es posible coger  varios microbuses que van al Valle de la luna, a las paradas de los teleféricos, etc.


Carretera de la muerte
En La Paz, en la calle Sagarnaga hay muchas agencias de viaje que venden este tour y lo único que ofrecen diferente es el tipo de bici (freno mecánico o hidráulico p.ej.) y calidad o tipo de traje (jersey o chubasquero, guante fino o gordo...).
Por lo demás, independientemente de la agencia con la que se contrate, el tour incluye siempre: recogida en el hotel, traslado hasta el lugar, guías, descenso, snack, comida bufete, ducha (toalla y jabón incluido), opción de bañarse en piscina, regreso, camiseta y CD con fotos.
El precio total oscila entre los 300 y 480 bolivianos por persona + 50 bolivianos por una entrada que se paga aparte por acceder a un tramo de carretera que la gestiona alguna comunidad local.
Por último decir que si alguien tiene interés en bajar por esta carretera pero no quiere montar en bici, las agencias te venden el mismo paquete dando la opción de ir en vez de en bici, en el minibus con el chófer que va en todo momento detrás del grupo de "ciclistas".
En este caso el precio es algo menor e incluye los mismos servicios exceptuando la bici y el traje. El costo oscila entre los 200 y 250 bolivianos, según la agencia. Y cuidado porque en nuestro caso por lo menos la persona que escogió esta opción no tuvo que pagar los 50 bolivianos extras.


Sucre y el Mercado de Tarabuco

En Sucre todo el movimiento se centra alrededor del mercado central. Hay hostales asequibles en las calles que lo rodean, y también hay comercio y restaurantes cerca, además de la plaza de la catedral que está a unos pocos metros. Desde esta plaza a unas 6 cuadras para arriba hay un mirador en una plaza. En estas 2 plazas que menciono hay varios museos también.
En general es una ciudad pequeña, barata, tranquila y segura.
El aeropuerto se encuentra a unos 30km.del centro, y la única forma de llegar es en taxi (45min), por lo que hay que tener cuidado con las tarifas. Por ley deben cobrar 50soles si va un solo pasajero, 60 si van 2, y 80 si son 3. Hay que tener cuidado pues es posible que intenten cobrar 50-60 por pasajero.
Los domingos hay un mercado en el pequeño pueblo de Tarabuco, que se encuentra a unos 60km. de Sucre, y es una de las opciones turísticas que se ofrecen desde esta ciudad. Para ir,  por lo que nos han dicho, hay 2 opciones:
La primera es ir por libre, pero la gente local no lo aconseja, pues dicen que es complicado e incómodo. Para ello primero hay que coger en algún punto del pueblo un minibús (1,5bolivianos) que te lleva hasta la parada donde salen los buses a Tarabuco y aquí coger otro (8bolivianos) que te lleva hasta allí. El problema, dicen, es que monta muncha gente y que van cargados con mucho bulto, además de que el bus va haciendo paradas en ve de ir directo.
La otra opción es ir en un bus turístico que cuesta 40 bolivianso ida y vuelta. Éste sale a las 8:30 a.m. desde la catedral, tarda hora y media en llegar al pueblo y sale de vuelta  al las 13:30 desde Tarabuco. Aquí te dejan en un restaurante que tiene una pequeña exposición de cuadros y te recibe una persona, la cual tiene como objetivo conseguir clientela para que después de pasear por el mercado se quede a comer en el local, a la vez que te invitan a que puedas ver algún baile tradicional que se realiza en el mismo lugar. Son 20minutos que te quitan de tu tiempo, pero después uno elige libremente qué hacer.
El mercado es variado pero cutrecillo, es decir, considero que es más un lugar que visitar por ver el ambiente que por el mercado en si.

Potosí + Tour a las minas
Esta ciudad tiene 2 terminales, la ex terminal y la nueva. Llegando a cualquiera de las dos es necesario coger otro transporte (el minibús cuesta 1,5soles por persona) para llegar al centro, pues éste está un poco lejos: desde la ex se tarda al menos 20min. y desde la nueva unos 30.

En Potosí es difícil encontrar alojamiento por menos de 50 bolivianos por persona.

La mayoría de las agencias de viaje para el tour de las minas están cerca de la plaza central, enfrente de la casa de la moneda, aunque también hay algunas otras esparcidas en determinadas calles.  El precio va desde los 70 soles hasta los 150, y todos incluyen lo mismo: transporte de ida y vuelta, mini visita a la calle del mercado minero, entrada a la mina (aquí es donde puede haber alguna variación: cada agencia va a una mina determinada y el tiempo en ella también puede variar) y pagando algo más también se puede hacer visita al ingenio minero.
Por nuestra experiencia decir que es importante contratar un tour en el que vayan 2 guías, pues de esta forma, el segundo guía podrá salir de la mina con aquella persona que se agobie dentro. En nuestro caso solo hubo 1, una chica quiso salir y tuvimos que salir todos, quedándose corta la excursión,  las explicaciones y demás. y
No recomendamos esta agencia, pues además de lo dicho anteriormente, por la mañana salimos 45minutos más tarde de lo acordado y la coordinación y el servicio prestado en general fue bastante poco profesional.


Tupiza
Un pueblo pequeñito en el que poco hay que decir. El centro está a escasos minutos de la terminal de buses, por lo que se puede ir caminando.

El pueblo en sí no tiene nada, lo bonito es lo que lo rodea, un paisaje que recuerda mucho al lejano oeste, el cual se puede visitar tanto a pie por libre como a caballo. También hay varíos miradores bonitos.

En el pueblo hay varias agencias, y lo que ofrecen mayormente son por un lado tours al salar de Uyuni de 3 noches y 4 días por unos 1200-1500 bolivianos (éstos tienen un recorrido más amplio que los que salen desde Uyuni y en teoría mejor calidad en servicio), y paseos a caballo de 3 (150soles), 5 u 7 horas o de varios días.
Nosotros cogimos el primero y mereció la pena, pues además de andar en caballo se hacen un par de paraditas para tomar fotos y otra para hacer una breve caminata a pie por un cañón.


Uyuni.
El pueblo en sí es pequeño y no es bonito, pero es el punto de partida para realizar el tour del salar de Uyuni, y por ello hay montones de agencias e incluso personas particulares que lo ofrecen.
Los precios del tour de 2 noches y 3 días oscilan entre los 650 y los 850 bolivianos, y como siempre hay que comparar, pues negociando es posible que incluyan también una noche de alojamiento en el pueblo, el transporte a Atacama si así se desea, etc.

Tour del salar.
Es aconsejable llevar algún snack y también agua, pues son muchas horas de viaje. Además, en la cena de la segunda noche, solo dan de beber vino...
Estar mentalizados de que en el jeep con todo el polvo y arena del camino te vas a pringar (nota para los que son más señorit@s.... ;))
En el lugar donde se duerme la segunda noche, solo hay electricidad de 19:00 a 22:00 horas (para cargar móviles, cámaras...). En la primera noche sí se puede cargar los aparatos electrónicos cuando se quiera, pero los enchufes están en la sala común, no en las habitaciones.
En cuanto al agua caliente, en el lugar donde se duerme la primera noche hay que pagar 10 bolivianos por la ducha caliente (aunque en nuestro caso una persona pagó y después se quedó abierto a todos los demás sin ningún control), y la segunda noche, en la otra casa, 15.










De todo menos Paz

En contra de lo que indica su nombre, La Paz es loca, caótica y enorme. Hablamos de una gran ciudad construida a lo largo, ancho, alto y bajo de un valle, en la que mientras que el centro ocupa en la parte baja del gran hoyo el lugar más importante, decenas de barrios se ven en las laderas periféricas de las montañas.

Por la parte de arriba hay pobreza, suciedad y gran cantidad de gente local, mientras que a medida que se desciende, un desorden medio organizado y algo más civilizado se comienza a observar. Eso sí, miles de vehículos y estridentes pitidos hay tanto por allá como por acá.

El centro histórico no nos ha parecido ni de lejos tan atractivo como el de otras ciudades, y por lo tanto, nos hemos dedicado exclusivamente a pasear por la zona donde se encuentran los mercadillos artesanales.

También hemos montado en el moderno teleférico para poder ver desde lejos y con una perspectiva mas amplia todo lo que La Paz esconde, pudiendo concluír que 3 líneas no dan para poder captar en una sola imagen la inmensidad de esta ciudad.


A sabiendas de que tanto jaleo no va con nosotros y que las grandes ciudades nos vuelven locos, a 10km. el Valle de la Luna hemos visitado, y por su curiosa formación rocosa tranquilamente hemos caminado.


Y por último y para rematar, hemos cogido un tour para hacer descenso en bici por la carretera de la muerte, toda una experiencia para cualquier ser viviente ;)




La playa de Chifrón: una postal distinta del lago Titicaca

Aunque los parajes del sur de Perú sean espectaculares, estábamos un poco cansados de tanto turista y gentío, por lo que decidimos hacer un paréntesis.

Queríamos salir unas horas de Puno y huír de las rutas viajeras habituales, así que  nos pusimos a investigar, y dos días después subíamos a un colectivo con destino a la península Capachica. En el trayecto pudimos observar cuánto cambia Perú si te alejas de los destinos clásicos: hectáreas de secarral contra las que peleaban a pleno sol familias de campesinos míseros. Supervivencia pura y dura, porque cuando hay que comer y no llueve,  la relación del labrador con su tierra es ni contigo  ni sin ti.

Hora y media después de arrancar llegamos al pueblo. De la parada a la playa de Chifrón nos separaban unos 20 minutos en mototaxi por vías sin asfaltar.

Apenas arrancar, cuando el chófer encara el camino al lago,  los alrededores se despoblan. Sólo quedan campos arados y sembrados implorando que la temporada de lluvias arribe generosa, casitas salpicadas en la distancia, y algunas manos cuyos surcos en la piel compiten con los abiertos en la tierra que trabajan.

Al final del recorrido dos o tres pedalós varados en la ribera del lago Titicaca indican que en alguna época del año los peruanos disfrutan de su ocio en esa playa.
Frente a  los artilugios se abre un arenal vacío. Solo nosotros.


A la derecha, un minúsculo puerto otorga descando a unos pocos botes que esperan algún turista al que trasladar hasta la isla Amantani. Dos señoras charlan sentadas en las piedras del puerto, una tienda permanece abierta ofreciendo sus productos a no se sabe bien quién.

Pasamos por detrás del puerto y caminamos por el sendero que parece rodear la loma. Tenemos curiosidad por cómo se verá el paisaje al otro lado. Aun no hemos terminado de subir cuando por detrás de un murito, un poco más arriba de donde nos encontramos, se asoman dos cabezas. Son Walter y su bebé.

Viven en una coqueta casita adornada con motivos incas, y han tardado tres años en construírla. Todos los materiales han sido extraídos del paraje que les rodea, sea de la montaña o del lago. No han estado solos en la tarea. Sus padres, que viven a apenas 800 metros, les han ayudado.

- Se llama Yako- nos dice cuando le preguntamos por el nombre del niño-. Significa "agua". Y ahí, en la pared, hemos dibujado a Inti. El sol. El agua y el sol, los dioses de la vida.

Walter y su mujer han estudiado turismo, y sueñan con alojar a turistas en esta orilla del Titicaca. Están empezando, pero hoy ya esperan a 4 personas.

Ojalá les vaya bien.


El lago Titicaca, las islas de los Uros y Taquile

El lago Titicaca es inmenso, un mar de agua dulce.

Y es que a nosotros, acostumbrados a paisajes de menos de 1500 metros sobre el nivel del mar, aquello nos evocaba una  costa cualquiera bordeada de colinas.
Pero en un momento dado el subconsciente se relaja y el raciocinio te grita que no, que estás a más de 3500 metros y esas lomitas superan los 4000, que no te confíes que el soroche acecha.

Una vez en el barco, a sabiendas de que nos dirijimos a unas islas artificiales construídas uniendo totora, tierra y cuerdas, nos preguntamos cuál puede ser la motivación para tan singular asentamiento.

Porque las islas de los uros están habitadas.


Y creedme, ya en las islas, con los pies sobre ese suelo inestable y efímero ( tienen que renovar la totora cada ciertos meses porque se pudre al contacto con el agua), las preguntas adquieren más fuerza.
Viven en islas flotantes ( no tengo claro si en esas o en algunas bien dentro del lago, porque esas parecían escenarios de teatro) en medio de un paisaje con muy pocos recursos. Apenas la pesca y esas totoras que lo mismo te producen un barco, que una casa, que sirven de comida. Al menos hoy en día Puno les queda a  una hora escasa en lancha rápida.

Cada isla está habitada por una comunidad que se junta en base a lazos familiares y de amistad, así que si en algún momento ya no se ajuntan, cortan la cuerda y navegan con su islita a otro lugar.



Un poco más adentro del lago, desde el barco, pudimos ver la escuela ( con conexión wi fi durante algunas horas), el centro médico y la iglesia adventista del séptimo dia, todas ellas sobre su correspondiente lecho no perenne.
Desde luego, son escenas totalmente distintas a cualquier cosa que nuestro cerebro tuviera registrada. Aun con sus dosis de teatralidad, es un lugar que merece la pena visitar. Es curiosísimo.


El viaje en barco  continúa lago adentro hasta la isla Taquile. Esta sí es natural. Tras descender y negarnos a comer en un restaurante edificado expresamente para los turistas, con su correspondiente show incluído, atravesamos la isla  a pie. Es un recorrido fácil de hacer pese a la altura, con un único camino marcado que te llevará hasta la plaza del pueblo. Por el camino observarás escenas campesinas, trajes tradicionales, anciandos pidiendo limosna, algún que otro niño correteando y un horizonte de agua que parece no tener fin.


Definitivamente el lago Titicaca es un destino que merece la pena visitar aunque solo sea por comprobar cómo lucha tu cerebro intentando comprender ese paisaje tan reconocible pero tan alejado del océano.

" Que no, que no es el mar. Que es un lago y está muy alto".


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Machu Picchu

Es probablemente uno de los iconos del concepto "viajar".

Se ve en postales, documentales televisivos, libros de cualquier época, fanzines, revistas...

Da igual. Cuando llegas a Machu Picchu, impresiona.


Mil preguntas se agolpan de repente en  la cabeza y mil más te asolarán cuando camines por la ciudadela.

Si como en nuestro caso, además subes a la montaña Machu Picchu, la panorámica de la que disfrutarás en la cumbre te provocará una sonrisa: un manto de distintos tonos verdes cubre las montañas que te rodean, como si arroparan a la ciudadela.


Machu Picchu es uno de esos lugares que te hacen "sentir".

Cuzco

Cuzco es la excepción que confirma la norma peruana. En su casco antiguo, convenientemente remodelado para gozo del turismo, está prohibido tocar el claxon, no se ve basura en las esquinas,  no se escuchan gritos y no hay aglomeraciones.

El barrio de San Blas es una postal en vivo, con sus cuestas adoquinadas y sus calles angostas, sus luces cambiantes al albur de la noche y sus patios interiores testigos de la evolución de los tiempos.

Más abajo la plaza de armas es, desde nuestro punto de vista, la más bonita que hemos visto en el viaje. Espaciosa, con fachadas y balcones de colores que la engalanan para embelese de la vista, parece estar siempre concurrida.


Hay varios mercados en los cuales comer y comprar barato, así como una tienda o un puesto de artesanía a cada paso.

Es precisamente uno de estos mercados el que delimita el Cuzco turístico del Cusco sudamericano.

Al otro lado del mercado de San Pedro el hormigueo humano desarrolla la vida atestando las aceras, chocándose a cada paso, esquivando coches y bocinazos, pasando casi por encima de las mercancías que se venden en plena calle. Éramos prácticamnete los únicos turistas, y la sensación era extraña...Apenas una calle, un edificio, marca  una frontera imaginaria.

Una misma ciudad, dos Cuzcos distintos.

martes, 14 de noviembre de 2017

El soroche, peleando contra el mar de altura

Comenzamos a caminar a 4100 metros y el día prometía hermoso. Un par de horas de ascensión me separaban del espectáculo visual que supone el cerro de los siete colores, también conocido como "montaña arco iris".


Con un palo de fregona con punta de goma a modo de bastón alpino la motivación por disfrutar semejante belleza natural me llevaría en volandas... Pero nada más lejos de la realidad.

Al de pocos pasos comencé a sentirme raro: un conato de mareo, un amago de desorientación. No quise darle importancia y seguí caminando. Ni mascar hojas,  ni el mate de coca que había desayunado, ni la colonia que el pseudo guía me hizo aspirar, ni mitos ni leyendas. No importan las medidas preventivas. Si el soroche quiere, te agarra. Poco menos de media hora tras el primer síntoma tuve que sentarme. Sentía presión en la cabeza y estaba totalmente descolocado, como si una bruma indescriptible se empeñara en hundir un centrímetro el suelo cada vez que yo quería pisarlo. Me dio la sensación de que no estaba muy lejos de desmayarme.
Comí un plátano y algo de chocolate, bebí agua, respiré hondo y poco a poco comencé a sentirme mejor.

Muy poco a poco.

Reanudé la marcha, pero no podía seguir el ritmo de Zuri. No era una cuestión física, no sentía fatiga ni tenía los músculos acalambrados. Era mental. Simple y llanamente mi cabeza no funcionaba como debía. Sentía que debía asegurar bien cada paso, que mis pies tenían que afirmarse en ese suelo que de vez en cuando parecía ondularse, moverse levemente, juguetón, provocativo. Después de un rato, y aunque estaba mejor que la vez anterior, tuve que volver a sentarme.

Más agua y más respiración. Concentración. No perder la calma y tratar de que la cordura no se despeñara en el vacío de mi espiral mental.

"Ahí, consciencia, ahí. Demuestra tus dotes de funambulista. Por el borde si quieres, pero sin caer".

Zuri, que estaba perfectamente, permaneció todo el tiempo a mi lado. Probablemente le jodí el día, pero le agradezco enormemente su ayuda.

Tocaba levantarse de nuevo y tirar para arriba. Estaba algo mejor, así que decidí regular mi esfuerzo para no volver a empeorar.

10-20 pasitos, parada, respiración honda.

10-20 pasitos, parada, respiración honda.

A mi ritmo de tortuga bípeda pálida llegué a los 5000 metros y dos letrinas verdes se vistieron de sirena. No era un espejismo, aunque casi juraría que las oí cantar.


Entré en una de ellas y descargué el lastre que amenazaba con reventar mi vientre. Curiosamente, en ese mismo instante, aun con el ídem al aire, pasé de sentirme como el culo a estar inmensamente mejor.

Salí de la letrina, recoloqué la mochila y conseguí al fin hollar la cima.

Fue una sensación agridulce, pues aunque estaba contento por haber llegado a esos 5200 metros después del sufrimiento,   la resaca que me dejó todo lo pasado no me permitió disfrutar de la vista única que se extendía ante mí.

Como veis, el mal de altura es una auténtica mierda.

Nociones de quechua en el callejón

En el lateral de una de las avenidas más concurridas de Cuzco un letrero invitaba a entrar en una librería. Para ello había que atravesar el umbral del edificio, y ante nuestra sorpresa, dentro se extendía un callejón, algo así como un pasillo con pavimento callejero techado. Poco más entrar, a la derecha, un par de caballetes sostenían varios tablones rectángulares. Sobre ellos una especie de mantel, y encima, libros.

Ahí estaba nuestra librería.

Zuri tenía curiosidad por ediciones en lengua quechua, así que preguntamos al librero. Sus ojos centellearon, una media sonrisa iluninó su gesto, se le hinchó el pecho.

-¿Por dónde empiezo?

Habíamos topado con un apasionado en linguística quechua, y ahí, de pie en un calejón cuzqueño, comenzó nuestra primera lección. El hombre había liberado el percutor y la ráfaga era ya imparable.
Vocalizaba despacio mientras nos decía que no es tan difícil como la gente dice, porque se lee exactamente como se escribe. Solo hay  4 ó 5 excepciones, pues algunas consonantes tienen hasta cinco pronunciaciones distintas según la variación mediante la cual se escriba.
Nos llamó poderosamente la atención descubrir chasquidos muy parecidos a los escuchados en Bulungula, Sudáfrica, cuando nuestros compañeros de cerveza compartida en un cubo de fregar charlaban alegremente en xhosa. Increíble que culturas tan distantes y aparentemente sin contacto converjan en un detalle evolutivo tan característico.

Nos encantó la magia del idioma onomatopéyico llevando al extremo la comunión con la naturaleza ¿ Cómo llamamos a la cascada? Pues reproduciendo con la  voz el sonido  rítmico del agua golpeando en el pozo al caer.

Aprendimos que un idioma puede ser translocativo, y utilizar distintos vocablos para expresar la misma idea dependiendo de la posición espacial en la que se encuentre el emisor.

Charlamos sobre la posible influencia de los incas en las islas del Pacífico y la expedición Kon Tiki.

Hablamos de las distintas teorías del origen de esta cultura, sea expandiéndose desde las proximidades del lago Titicaca hacia el norte, fuera atravesando  Bolivia antes de ingresar en Perú.

Supimos que el quechua es lengua cooficial y que desde unos pocos años es  obligado su estudio en las escuelas, así como de las grandes dificultades que están teniendo para hacer efectiva esta medida. No comprendimos la discriminación hacia el aymara, que por hablarse únicamente en el lago Titicaca y sus alrededores no recibe el mismo reconocimiento e impulso gubernamental, por lo que todo parece indicar que acabará perdiéndose en unos pocos lustros.

Hojeamos la traducción de " El Principito", un diccionario y varias recopilaciones bilingües de poemas.

Y al final, tras estrecharnos las manos y recibir su tarjeta personal, nos fuimos al hostal con un libro y tres sonrisas.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Locura de noche

A pesar de lo largo, peligroso e incómodo que es el camino sin asfaltar y lleno de curvas que recorremos en un mini bus de vuelta a Cuzco, los 20 pasajeros vamos tranquilos y con una media sonrisa en la cara, supongo que todos absortos en agradables recuerdos de MachuPichu.

Ya llevamos casi 5 horas de viaje, el zig-zag ha terminado y avanzamos a una velocidad considerable (recordemos que estamos en Perú y esto de conducir con prudencia no se lleva) por una carretera bien asfaltada.

Son las 7 de la tarde y todo está oscuro. Derrepente el autobús frena en seco y sentimos un leve golpe, a la vez que una de las pasajeras sale volando literalmente dentro del mismo bus, golpeándose con los asientos delanteros.

Nos quedamos todos en shock, hasta que nos damos cuenta que hemos chocado con una moto taxi que se nos ha cruzado. El chófer sale del bus, nos abre la puerta y 4 de nosotros salimos a curiosear, ayudar o a lo que haga falta.

Lo que encontramos entonces es vergonzoso a la vez que lamentable: el conductor de la moto taxi, un señor ya mayor, totalmente borracho, y su mujer (suponemos) que sale del vehículo llorando y dando voces, aun más borracha que su marido. El chofer discute con ellos, y mientras que el hombre no puede ni pronunciar palabra, la mujer  chilla de forma incontrolada, incoherente y descarada en pleno ataque de nervios, tanto que coge una piedra del suelo y nos la lanza, cogiendo otra acto seguido para hacer amago de estamparla contra el cristal del bus. Ibai entonces se encara con ella para frenarla, y aprovechando este espectáculo, su marido entra en la mototaxi y escapa callejuela adentro. Entonces nuestro chofer sin pensárselo dos veces sube al bus y arranca, saliendo disparado detrás suyo y sin importarle nada más, con lo que casi nos pisa a unos cuantos y a poco se lleva a una mujer por delante.

La gente local que había formado corrillo para ver que pasaba desaparece, con lo que nos quedamos nosotros 4 ahí, en la carretera, en medio de no sabemos dónde. Nos cuenta asimilar todo lo que ha sucedido en sólo unos minutos, además de que no podemos ni queremos creer que se han ido sin nosotros. Hacemos alguna broma al respecto, pero al de 20 minutos de seguir plantados en el mismo sitio sin ninguna novedad, decidimos reaccionar. Ibai se pone a caminar por la callejuela oscura a ver si por un casual encuentra nuestro bus... subrealista sí, después de casi media hora a saber cuantos km. habrá hecho ya... pero lo es aún más cuando derrepente Ibai vuelve diciéndonos que está ahí aparcado, a un km. de donde estábamos.

Avanzamos todos juntos entendiendo aun menos la situación, y nos encontramos al bus ahí quieto arrinconando a la mototaxi que está vacía. El chofer habla por el móvil y al de poco llega la policía. Les explica lo sucedido y les enseña las marcas que ha dejado la mototaxi al intentar escapar marcha atrás del acorralamiento, a la vez que les entrega las llaves de la mototaxi (ha debido de ser todo un espectáculo la persecución, el reintento de fuga de la mototaxi, los golpes a lo autochoque y el tira y afloja que habrá surgido hasta conseguir quitarle las llaves al hombre borracho para que después vuelva a escapar, en esta ocasión a pie y haciendo eses).


Acto seguido el chófer nos manda subir al bus y ahí vamos todos en fila india hasta la comisaría del pueblo de Urubamba: el coche de la poli primero, la mototaxi conducida por uno de los polis después y nosotros en el bus atrás. Al llegar el chofer baja y nos dice que esperemos 10 minutos, que tiene que hacer los trámites de lo sucedido.

Estamos a una cuadra de la plaza del pueblo, donde hay un concierto en el que suenan canciones de Maná. La temperatura es agradable y unos cuantos del bus decidimos acercarnos a ver el ambiente. Nos encontramos muchísima gente de todo tipo con un factor común: una gran borrachera.



Vistazo rápido y vuelta al bus, pero el chófer sigue en la comisaría. Nos dicen que esperemos media hora más (en este país el concepto del tiempo es cómo explicarlo...ahorita lo explico), así que decidimos unirnos a la fiesta. Vuelta a la plaza, bailoteo, cena rápida en alguno de los puestitos y regreso. Nada, sigue dentro de la comisaría, y al de un rato lo vemos salir todo pálido acompañado de dos polis, los cuales lo meten en su coche y se lo llevan.

¿Qué? ¿dónde va? ¿y qué hacemos? ¡alegría! ¿acabaremos reclamando un abandono ahí mismo? se lo preguntamos a un policía que está en la comisaría y nos dice que se lo llevan a sacar sangre. "Ajam. ..." Pues nada, a la plaza por tercera vez. Al mal tiempo buena cara... pero ya han pasado mas de 2 hora, son las 11 de la noche y la fiesta de Urubamba no da para tanto, y nuestra paciencia tampoco, así que al ver que no hay noticias decidimos hacer reunión de pastores.

Uno de los pasajeros propone dejar de esperar y coger un taxi para llegar a Cuzco, con lo que otros 3 se animan y van con él.
Ibai y yo pensamos que lo mejor es llamar a la chica de la agencia que nos ha vendido el viaje. No tenemos tarjeta para llamar, y todos somos turistas, con lo que estamos en las mismas. Entonces decidimos explicarle la situación a alguno de los policías y pedirle que nos preste un teléfono (subrealista sí,  pero cierto). Uno de ellos accede a dejarnos su móvil, a la vez que echa un japo y se le queda colgando... (que seriedad por dios, lo que imponen...). Hablamos con la chica, la cual parece alucinar en colores igual que todos nosotros, y después de negociar con ella nos dice que movilicemos a todos los pasajeros, y que de 4 en 4 regresemos en taxi, que ya nos reembolsará el gasto al día siguiente (ya...). Comentamos con todos y la gente se niega, pues no todos somos de la misma agencia y evidentemente no creen en el reembolso.

Decidimos que cada cual haga lo que le parezca y nosotros 4 volvemos a la comisaría para preguntar dónde podemos coger un taxi, a lo que responden que no hay (¿cómo no va ha haber? anda hombre...). Y a esto que estamos discutiendo aparece nuestro chófer todo tieso, mandándonos que vayamos tras él, que nos vamos. Mucha confianza da ir con él, sí, después del mal trago que ha pasado...
Llegamis sanos y salvos a Cuzco y nos recibe una chica contándonos la milonga de que han estado monitoreando todo lo sucedido desde el primer instante, y que a modo de recompensa nos trasladan en taxi desde la plaza central de Cuzco hasta nuestro hotel.

Anda por ahí... ¡Qué poca vergüenza!