Llegamos a Namibia con la información sacada de internet por un lado y un libro-guía de viajes por otro.
En la frontera el ritmo es calmado, por lo que los trámites se demoran bastante aunque haya muy poca gente.
En una de las oficinas toca rellenar la hoja con los datos personales, y el hecho absurdo de tener que apuntar una dirección del país al que ingresas, por mucho que el agente y tú sepáis que al estar de tránsito no vaya a encontrarte si va a buscarte.
La agente de aduanas lo sabe, pero aun así, despierta de su abotargado letargo para decirnos:
- El camping de Hobas está cerrado en esta época.
Piensas: " pues pon la dirección de casa de tu suegro, que sirve pa lo mismo". Pero finges estupefacción y le dices:
¿ Qué podemos hacer entonces?
Segundos después la mujer se parte de risa:
-¡ Que es broma!
La muchacha se aburre, y no nos extraña.
El primer pueblo entrando de se llama Qarabag. Paramos para comprar comida y una tarjeta telefónica. En Namibia, las tarjetas se compran en las gasolineras, y una vez adquiridas, hay que descifrar un jeroglífico egipcio primero, recitar un poema en gaélico antiguo después, reproducir el guión de una obra teatral en lengua zulú más tarde, y tras reproducir en el teclado los nombres de todos los reyes visigodos y los de todas las tribus etíopes, solo quizá entonces, se consigue activar la tarjeta.
A nosotros nos lo hicieron entre tres oriundos qarabaqueños, y tras un buen rato, conseguieron que los teléfonos funcionaran.
Las carreteras namibias tienen tres calificaciones. Las denominadas con una " B" están asfaltadas y en buen estado, las " C" y las "E" no están pavimentadas y si no vas en un 4X4 has de reducir la marcha considerablemente.
Muy considerablemente.
En esas estábamos, a 30 por hora comprobando la calidad de los amortiguadores del coche turismo que habíamos alquilado, completamnete aburridos con la visión del paisaje que parecía nunca superaríamos, cuando llegamos al camping de Hobas, a las puertas del Fish River Fanyon. Era la única opción de alojamiento, pues el otro camping crecano estaba cerrado.
Bajamos del coche y los precios nos asustaron muchísimo más que la opción de que se nos rompiera el coche en ese paisaje desolado. Las tarifas cuadruplicaban la información que teníamos.
Colocamos la tienda de campaña lívidos y asumiendo, intentando a asumir, el agujero que íbamos a hacerle al presupuesto.
Por la noche nos despertaron un montón de golpes secos fuera de la tienda, y cuando se nos despejó la neblina del mal despertar caímos en la cuenta de que una manada de antílopes estaba pasando al lado de nuestra tiendita de tela. Curiosa experiencia.
La siguiente anécdota del viaje tuvo que ver con nuestro nulo interés por los coches y el hecho de que los dos hayamos conducido solo gasoil. Simplemente, no sabíamos que la gasolina 93 y 95 son compatibles.
Pero que dos analfabetos en vehículos a motor no lo sepan no es problema. El nudo gordiano apareció cuando al preguntar en dos gasolineras, los trabajadores de ambas nos dijeron que no era posible mezclarlas. Según ellos, el coche no funcionaría. Según nosotros, muy rastreros había que ser en la empresa de coche de alquiler para gestionarnos el pase de frontera a Namibia sin informarnos de tal eventualidad.
Miramos el tanque y quedaba la gasolina justa, justísima, para llegar a nuestro destino: Luderitz.
30 ó 40 kilómetros antes de llegar paramos en el arcén para pedir ayuda a los pocos coches que circulaban.
Paró una ambulancia, se bajó un hombre, nos miró raro, nos dijo que no le sobraba gasolina, se quedó hablándonos no sabemos de qué, se bajó una señora con guantes, le gritó algo al hombre, se subieron apresuradamente a la ambulancia y salieron de allí pitando.
¿ Estaba el señor charlando amistosamente con nosotros mientrs dentro atendían una urgencia? Nunca lo sabremos, pero...
Volvimos a arrancar, avanzamos bien despacito, y más adelante nos encontramos una especie de complejo compuesto por dos camiones, una máquina y una edificación precaria que intuimos servía para proporcionar sombra. No parecía haber nadie, pero cuado ya habíamos superado el área nos pareció ver dos cabezas dentro de un camión. Nos bajamos y les explicamos la situación. Uno de ellos nos dijo que tampoco había gasolina 95 en Luderitz, por lo que no podríamos hacer nada, pero que nos llevarían en su camión hasta la ciudad por si acaso.
Trasladamos el agua que nos quedaba en una de las garrafas de 5 litros a una botella de litro y medio, agarramos la garrafa y nos subimos al camión.
Afortunadamente, uno de los trabajadores de la gasolinera nos aseguró que no habría problema en llevar la otra gasolina. Que viniéramos despacio y llenáranos el tanque de nuevo ahí.
Con nuestra reserva de gasolina en mano le pedimos a otro hombre que en aquel momento chequeaba la presión de sus neumáticos que nos acercara a nuestro coche, a lo que accedió gentilmente.
El señor se había atravesado el país en su 4x4 porque tenía un problema en la empresa que gesyionaba aalá por donde Jesucristo y Alá perdieron oas fichas de su tablero de parchís, y tenía que volver de nuevo hacia donde había salido al día siguiente.
" A partir de L7deritz bajad la presión de los neumáticos, la carret3ra es muy mala"
La que nos espera...
El hombre era descendiente de marinos de la isla de Madeira que por alguna razón que ningún ser humano jamás entenderá habían decidido asentarse en Namibia. Tenía, además, una casa en Galicia a la que iba pasar sus vacaciones, peroél no quería dejar de vivir en Namibia.
Llegamos al coche, él mismo introdujo la gasolina en nuestro tanque y se despidió cortesmente.
Y sí, obviamente, zotes de nosotros, el coche arrancó.
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