Camino a la cascada de Peguche, muy cerca de Otavalo, vimos una edificación circular de piedra. Parecía antigua, así que nos acercamos. El letrero de al lado de la entrada informaba de que aquello era un calendario solar. Incaico, supusimos.
Al asomarnos vimos a una mujer dentro, de pie en el centro exacto del círculo.
Estaba muy quieta y miraba hacia el cielo.
La desconcentré:
-Hola ¿ Sabes cómo interpretaban los incas el tiempo basándose en el sol y en "esto"?
-Esto es un centro energético de la tierra-
me contestó.
La miré como si estuviera hablando con Salvador Dalí en plena crisis psicótica.
-Ok- respiré-. ¿Pero ellos cómo interpretaban el calendario?
-No, no. Si te pones aquí la energía de la tierra fluye a través de ti y te abre los chacras.
Silencio.
Contención.
El viento soplaba permitiendo que la bruma matutina comenzara a filtrar el sol. Los pájaros trinaban saludando al nuevo día, los indígenas se desperezaban desplegando con mimo sus puestos de artesanías. Todo eran sonrisas.
Dentro del calendario solar, silencio.
La mujer, dadivosa y generosa, me cedió cortesmente el eje multienergético que expandiría mis virtudes del mismo modo que el cosmos se expande hacia el infinito. Deseaba que yo estuviera en sintonía con el universo.
Es una buena persona.
Me coloqué en el epicentro existencial y sufrí para aguantarme la risa.
Afortunadamente, estoy muy bien educado y no se me notó.
10 segundos después le devuelví el honor con leve inclinación de cabeza y mano tendida incluídas.
Soy un gentleman.
Ella desempolvó sus chacras y se los mandó por wasap interdimensional a su propio teléfono. Sacó el móvil y lo puso en el eje receptor de energía positiva.
-¿ Se cargará?- preguntó Zuri.
En ese momento, en ese mismísimo instante, un destello vació mi mente y sentí con nitidez absoluta que Pachamama y Anbotoko Mari estuvieron la víspera jugando al mus en una cueva ecuatoriana.
No lo puedo explicar con palabras, pero sentí claramente los manotazos de Mari contra la roca-tablero enfatizando cada envite.
Aunque la boca de Zuri estaba cerrada, puedo prometer y prometo que escuché su voz en mi mente con absoluta clarividencia.
Su mirada estaba fija en mí. Seria, hierática.
Esto sólo podía ser fruto de la mística sideral.
Fue sinestesia sobrehumana. Mari y Pachamama me hablaron a través de los ojos de Zuri:
- " Ni se te ocurra, que te veo venir".

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