domingo, 10 de septiembre de 2017

Historias de autobús

Los buses colombianos son un disco duro repleto de historias, una estantería  gigante donde se apilan los libros y las películas, el realismo mágico, el sucio, aquella novela hilvanada con  proyecciones de realidad fallida, aventuras, drama, amor...Todo se amalgama y se confunde, todo con un estilo sobrio, directo, sin florituras.
Queda poco espacio para la lírica.
El trayecto de Cartagena a Barranquilla por la ruta del mar, de alrededor de dos horas, bordea la costa del Caribe colombiano. La exuberancia paisajística, con el mar y las playas semivírgenes a tu izquierda y las montañas verdes en la lontananza, son el contexto en el que una población muy mayoritariamente negra se traslada descalza, conversa en las calles sin asfaltar y trabaja su pequeña porción de tierra.  Asistimos a secuencias de realidad totalmente africanizadas, reminiscencia viva de la esclavitud. Son presentes que transmiten, como diría Benedetti, un pretérito imperfecto.
Desde Santa Marta a Medellín son 16 horas de viaje. A poco de salir nos paran en un control policial que, en realidad, solo controla a los venezolanos. Sobre los demás no apuntan nada. Da igual la parte del mundo, las políticas de inmigración siempre se ceban con quien huye para comer. Afortunadamente no hay incidentes y no se llevan a nadie.
El bus para en Barranquilla. Suben 3 hombres. Dos colombianos, alrededor de 30 años uno y rondando los 60 el otro. Un venezolano, sobre los 35.
"¿ Cuántos municipios vamos a hacer esta vez?  -Entre 12 y 15. -Nos van a meter 15 y no vemos la plata hasta 20 días después"
Son parte de una brigada conformada en Medellín que trabajará durante un mes. Luego...Luego a verlas venir. Otra vez.
El más mayor de los tres es músico y ha vivido durante 14 años en Nueva York, donde aun reside  su hija. Pero es que " ay amigo, allá arriba hace un frío del carajo. Trabajaba de cocinero y al volver a casa de noche llegaba siempre congelado". En su tiempo libre iba al barrio de los puertorriqueños a tocar son, o salsa, o lo que fuera que se les ocurriera en el momento. Cuando llegaba al guetto gritaban " Ahí llega Colombia!!!!!", porque era uno de los pocos no puertorriqueño que iba. Y " ay hermano, vaya manitas de cerdo más sabrosas comía allí!!!!
Érase que érase un altavoz de música a un colombiano treintañero pegado, y como ya se ha dicho, subió a nuestro autobús. Pesado y curioso a partes iguales, nos pregunta por los atentados yihadistas en Europa, y si no tenemos miedo en Colombia. "Los extranjeros suelen tener miedo al secuestro y la inseguridad". No lo tenemos. Le convence la respuesta, sonríe y nos tiende  un puente: " de todos modos desde el alto el fuego de las FARC la cosa está más tranquila. Barranquilla en  cambio está peor, te matan por un celular, qué mierda es esa, hermano.". Queremos contrastar lo que nos dijeron días atrás, pero la respuesta va por otros derroteros: no sé si desde el alto el fuego la producción de coca se ha duplicado, no lo sé. Lo que sí te digo es que las conversaciones tienen que llegar a buen puerto. Bien para las víctimas, pero también hay que encontrar acomodo en la sociedad a los guerrilleros. Yo no los culpo a todos. Entiendo que haya víctimas directas de la violencia que tengan odio en su corazón, pero no todos son culpables. Muchos de los reclutados eran analfabetos a los que se les vendió un ideal que suena bonito, que suena bien. Es que los gobiernos han robado mucho, eso es así, no han invertido en desarrollo. Y a otros muchos los reclutaron siendo unos niños...¿ Qué culpa pueden tener? "
El sexagenario hace tiempo que se ha desentendido de la conversación. No quiere oír nada y pone música en su móvil. Los códigos de conducta generacionales, los tabúes, evolucionan. Dentro del individuo, en cambio, no. Ahí quedan sellados a perpetuidad.
El venezolano es el más comedido, el más observador, el de la mirada más triste. Se marchó de Venezuela en febrero huyendo de las dentelladas de las tripas vacías. Las suyas, las de su mujer y las  de su hijo. Cuando pudo, volvió y se trajo a Colombia a su familia. " Mi mujer es colombiana, pero no estamos casados. Si así fuera yo ya tendría la doble nacionalidad". Todo llegará. " En Venezuela no se puede. Un día de trabajo no alcanza para comer un día. Imagínese si además hay que pagar arriendo y colegio".
Llegamos a Medellín. Su coordinador está esperándoles en la terminal y los reúne inmediatamente. Ellos nos indican el camino al metro y se despiden.
" Disfruten de Colombia, muchachos".




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