El autobús le gana despacio metros a la montaña, y con cada curva superada estamos un poquito más cerca del cielo. Con cada nota musical, de la demencia.
" Eres huerfanitoooo, tu no tienes maaadreee. Desde Ecuador para el mundo!"
La ventanilla del bus se convierte en una pantalla improvisada mediante la que ver un documental antropológico. El trasiego de la terminal de Latacunga ha dado paso a un paisaje montañoso de tierra yerma, cuadrículas amarillentas en las que campesinos abnegados tratan de ganarse el respeto de Pachamama. Aran, siembran y resiembran con la cara bien cerca del suelo.
Vistos desde lejos parece que rezan.
La madre tierra, desagradecida, les ha dado un pedregal por respuesta. Quizá una prueba de fé, acaso un cruel gesto de coquetería, puede que simple narcisismo.
Varias niñas indígenas de grandes mofletes rosados descienden del bus en medio de la nada y caminan sonrientes hacia quién sabe dónde.
Cerca de la cima un pequeño valle desentona y se muestra verde. Es un espejismo fértil en mitad del secarral. Debe haber una fuente de agua en los alrededores, un oasis rebelde, misericorde.
Algo más arriba, en un punto entre los 2000 y 3000 metros, una ciudad.
Nos cuesta entender qué motiva a esta gente menuda y dura a vivir aquí.
Escenas de vida local campesina se suceden al otro lado de la pantalla: una señora camina encorvada para sobrellevar el peso de la vida. En su espalda, un saco casi igual de grande que ella.
Poco después llegamos al mirador de la laguna de Quilotoa, a 3885 metros sobre el nivel del mar. 300 más abajo el agua ha llenado el cráter de un volcán extinguido creando un paisaje espectacular. Las tonalidades del agua cambian en función de la intensidad de la mirada del sol, y las paredes escarpadas del circo le dan al lugar un aspecto salvaje.
El silencio nos abraza, y la brisa que acaricia la superficie del agua mece también nuestro ánimo.
Estamos relajados.
Comemos, descansamos, fotografiamos, sonreímos.
Los riscos de nuestra izquierda entreabren la puerta y la niebla comienza a proteger dulcemente el lugar. Sin prisa, va extendiendo su manto. Despacio. Como si quisiera que la laguna tomara plena consciencia de su presencia.
" Tranquila, ya vengo. No te pasará nada".
Es hora de regresar.
Habíamos planeado esta excursión como paso previo a decidir si contratamos un guía que nos ayude en Cotopaxi. Queríamos comprobar cómo reaccionaría nuestro cuerpo ante la altura y la falta de oxígeno. Durante la hora aproximada de subida al mirador nos hemos sentido bien.
Paso corto y respiración larga.
Próximo objetivo: el volcán Cotopaxi.




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