Inmensas explanadas en las laderas de las montañas, alguna que otra solitaria cabaña y personas anónimas que suben y bajan del autobús en el medio de la nada. ¿Aquí?¿En serio? son indígenas que llaman la atención: su vestimenta típica, las mejillas coloradas que parece que las tienen con el sol quemadas, la sonrisa en la cara y ese brinco que dan cuando del autobús bajan para caminar derechos hacia algún lugar que no se puede imaginar...
Mientras uno se queda ensimismado en sus pensamientos, llegamos a Quilotoa, una minúscula aldea a 3800m. de altura en pleno desarrollo tuŕistico. Diversos hostales, restaurantes y tienditas de artesanía llenan el espacio, y una vez atravesado, se llega a un panel que informa sobre posibles rutas y sobre el lago, el cual se puede observar desde lo alto y después es posible acercarse caminando unos metros hacia abajo.
¡Es increíble! ¡hermoso! ¡realmente grandioso! y aunque desde arriba es ya de por si espectacular, merece la pena bajar, pero hay que tener cuidado, pues el trayecto es arenoso con piedritas y totalmente empinado. Casi al final del camino hay otro mirador con unos banquitos de madera, desde los cuales uno puede sentir el silencio y admirar el paisaje de otra manera. Y ya abajo del todo hay una explanada donde se puede acampar y también es posible alquilar kayaks para "navegar".
Por último, cuando toque subir de vuelta no hay problema, pues si uno quiere, pagando 10$ por persona, caballos o mulas te llevan hasta arriba, los cuales son guiados por indígenas o niños menores que en vez de estar en la escuela trabajan día y noche.






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