martes, 19 de septiembre de 2017

Medellín: fierro y terciopelo.

Medellín, como toda ciudad que se precie, tiene zonas bien diferenciadas.
Está el centro, bullicioso, atestado de gente, falto de espacio, sobrado de hoteles baratos con vecinos ruidosos, aceras estrechas y transeúntes que miran hacia atrás. A las 19:00, máximo 20:00, es un páramo donde muchos negocios cierran, pocos coches pasan, y se reparten a partes iguales "sin techos", yonkis y paseantes que han salido demasiado tarde de currar.
Cerquita de la parada de metro Berrío, hacia un lado, se recorre la calle comercial, con sus voceros anunciando precios insuperables, sus puestos callejeros de jugo rasgando las cuerdas vocales y sus gentes agarrando la cartera. Hacia el otro patearás la otra calle comercial, la del mercado negro, que por cierto se extiende hacia una zona de la ciudad aun más negra, sucia y contaminada. Miríadas de puestos venden lo que pueden, objetos de septuagésima mano para agarrar la anteúltima oportunidad.
En el paisaje urbano se multiplican los yonkis, bien pegaditos a los camellos y a los pocos turistas que se hacen los sordos, mudos y suecos. La contaminación invade el ambiente y el sentido común te susurra que basta ya, que has visto suficiente, que desfilando hacia la periferia.
Allí comienzan los barrios residenciales, con gente amable que te brinda  ayuda, sin ese caminar paranoico y esquizofrénico de los habitantes que poblan el centro. Calles más amplias y limpias, ambiente relajado y jovial.
Y más allá de este allí, la periferia de la periferia. Quizá la imagen más icónica,  Pablo Escobar aparte, de la ciudad. Las laderas de la montaña han desaparecido bajo infinidad de edificaciones precarias que ya forman barrios enteros. Cientos de miles de personas se hacinan en asentamientos de origen ilegal, pero que ante la evidencia, las autoridades terminaron legalizando.
Como suele pasar en estos casos, demasiado tarde. Para cuando quisieron meter mano, las decenas de años de construcción sin planificación habían dado lugar a un laberinto de calles estrechas, callejuelas, callejones, escalones oscuros, entradas sin salidas y vidas atrapadas. La miseria más hiriente otea al final de la calle los edificaciones residenciales. En una escala que mide el nivel de vida del uno al siete, nos dijeron y pudimos comprobar que, apenas diez minutos caminando separaban el 1 del 4. Paseamos y charlamos por la comuna 13, históricamente conocida por su peligrosidad, y comprobamos que en ese contexto también existen tragaluces intentando aportar rayitos de esperanza. Asociaciones de jóvenes, vecinales e institucionales están aunando esfuerzos para demostrar  a los niños que existen modelos relacionales y referentes vitales más allá de la guerra, la droga y la violencia estructural. Les enseñan expresión artística y deporte, les enseñan valores, les enseñan a ser.
Encontramos gente con ganas de hablar y contar, pero como siempre, cada uno decide hasta dónde preguntar, cuánto quiere saber, y dónde está el límite entre la curiosidad y la indiscrección... y el peligro. Porque damos fe de que son historias de vidas durísimas.
Cada cual calibrará si de verdad quiere saber la respuesta a lo que está preguntando.
Nosotros supimos de abuso infantil, disparos, guerrilas, narcotráfico, coches que cargaban cadaveres acribillados a balazos.
Lo dicho, cada cual decide cuánto abrir los ojos y cerrar la boca.
Si la intención es conocer la ciudad de manera más superficial, Medellín está bien preparada para ello. Tiene buenísimas comunicaciones, con el único metro del país, que a su vez enlaza a través del metrocable ( teleférico) con estos barrios que escalan montañas y pobreza. El billete de metro es económico y recorre toda la ciudad. Merece la pena. Eso sí, que no espere el visitante una urbe bonita.
Medellín no lo es.
Pero si deseas conocer gente, historias, realidades, y una ciudad que está apostando por la cultura y el deporte para dejar atrás años y reputaciones oscuras, bienvenidos al proceso de transformación.
Porque eso nos pareció Medellín.
Una ciudad en pleno cambio, una urbe superviviente.
Parece que Medellín avanza.
Ojalá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario