Selito recuperó su nombre en un punto indeterminado del océano Atlántico.
Criado en la verde quietud del valle de Soba emigró en los años cincuenta a Venezuela, pero tras cruzar una frontera más se asentó, quién sabe si por casualidad o nostalgia, a 647 kilómetros del Santander colombiano.
Falto de arraigo pero sobrado de coraje, Juan José enganchó a las circunstancias del gaznate. Cerró los puños, apretó los dientes y comenzó a trabajar. Siempre aferrado a la tierra, que es la misma en todas las tierras, administró fincas para labrarse el presente: plantó algodón, cuidó bananos, regó de sudor orgulloso la fertilidad de la tierra colombiana. Fraguaron su carácter el fuego lento del sol caribeño y una vida encallecida.
Fue saliendo a flote a costa de achicar agua y remendar recuerdos. Cuando en Becerril conoció a Eugenia, torbellino de carácter y energía, encontró también su gran apoyo. Juntos viven mucho y se aman profundo. Tanto, que las raíces cántabras y colombianas se abrazaron para crear esqueje. Llegaron las hijas que trajeron los nietos, que a su vez aprendieron bien de sus referentes.
Hoy, en Barranquilla, el piso de la familia Quintana es un ecosistema de amor y apoyo mutuo sin reservas.
Al otro lado del Atlántico, en Bilbao, Dioni sonríe cuando habla de su hermano que emigró a Colombia. Algunos añoran a Juan José, otros tratan al señor Quintana.
Dioni no. Dioni sonríe con Selito.

Entrañables !!!!
ResponderEliminarEskerrik asko! (A ver si ahora sale el comentario)
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