Recuerdo cuando nos colábamos de noche en los edificios en obras del barrio.
Subíamos hasta el tejado y allí nos sentábamos los tres, mirando a las estrellas, hablándole a la luna, riéndonos del viento.
Recuerdo alguna huída de la policía que nos buscaba entre pilares desnudos y pasarelas de madera. Discretamente primero, como elefantes en estampida después, como hienas con sobredosis de THC cuando ya la habíamos burlado.
Recuerdo aquellos partidos sin tiempo ni árbitro ni normas, a veces incluso sin campo.
Los primeros miedos, las primeras confesiones, las segundas decisiones que esa vez sí separarían nuestros caminos. Era el final de la adolescencia. Comenzaba la vida.
Nos hemos visto menos de lo deseado. Nos queremos igual que hace 25 años.
La vida, juguetona y gamberra, nos ha colocado este año a dos de nosotros en América. Falta el tercero, pero está presente porque sin su ayuda yo no habría podido cruzar el océano. Mil gracias de nuevo. Se te echará de menos, pero el amor es lo primero y Nerea tiene un padrazo.
Como Itzel. Porque por los hijos lo que sea.
He emprendido en pareja un viaje de un año, miles de kilómetros, quizás dos océanos e infinidad de abrazos.
Me acompañan los amores que no saben de cunetas: "el todo" de mi madre y mi hermana, las charlas nocturnas de mi padre sobre la muerte primero, historia más tarde, política en algún tiempo. Las veladas eternas de risa sin pausa con mi hermano tardío, esas ironías que tan livianas convierten las penas. Las miradas sinceras de mis amigos de la ikastola, de los que se unieron a la cuadrilla en tiempos de instituto. Los partidos de tenis que ya no jugamos y las conversaciones eternamente postergadas de ese guionista hincha del fútbol y fan de la lectura. La risa límpida de ese "sol" que vela por su "luna" y su " sueño". Las confesiones de cena y cerveza sentados en Somera o en el piso de Basozelai. El eterno buen humor y cariño del padre de Eluri. Esas comidas y largas sobremesas en Andrakas o las cenas de los jueves en Sopela con el Athletic como excusa.
Vienen conmigo también, probablemente, la ternura de Benedetti, la empatía de Galeano, los perdedores de Taibo II que siempre ganan porque aceptan, la curiosidad de Kapuzinski, la admiración por las psiques sufrientes de Palahniuk, el reírse de sí mismo de Sagastizabal, los directos a la mandíbula de las letras de Evaristo, la poesía de dientes prietos que detonan Kutxi Romero, Bukowski y Leopolodo María Panero.
Buscábamos las estrellas tras las nubes de San Miguel, envueltos en el falso silencio de la noche herida por el repiqueteo constante de la acería. El eco lejano de las descargas de acero robándole magia a la noche fue el precio a pagar por no olvidar quiénes somos.
Han pasado más de 20 años y mil historias.
Murió la infancia, suturaron las llagas adolescentes que tanto supuraban, y poco a poco, a golpe de achaque incipiente y cana va coleteando también la juventud.
Habéis traído vidas a la vida. Él y ella serán porque vosotros sois.
Este año buscaremos la luna en el valle del mismo nombre, en Chile, tan lejos y a la vez tan cerca de nuestra infancia. Nos abrazaremos, charlaremos, planearemos futuros inciertos y recordaremos pretéritos imperfectos.
Después de todo, la vida no cambia tanto.
Y claro, no tengáis dudas, mandaremos fotos a Etxebarri.
Gogoan daukat izugarri politak zinetela hirurok, umetan eta gaztetan... kanpotik baita barrutik ere...barruko edertasun horrek gero eta ederrago dirauela ikusteak zoriontsu egiten nau...
ResponderEliminarZorionak Itzel, zorionak Eider, aitarengandik jasoko duzuen guztiagatik....
Zorionak alikate hirukotea, horren lagun onak izateagatik...
Maite zaituztet!
Geuk zu bebai!!
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