Imaginad una laguna de aguas turquesas a los pies de un glaciar. Ubicada a una altitud que ronda los 4600 metros, aparece de repente tras voltear unos riscos...y se te escapa una exclamación.
Es un lugar precioso, y sería paradisíacamente silencioso si la ley te permitiera introducir piedras en las mochilas de las decenas de turistas que han subido contigo y después invitarles cortesmente a darse un bañito.
Por suerte o por desgracia no es el caso, así que el sonido salvaje de la naturaleza, ya sea el helador rugido de la montaña resquebrajándose en mil pedazos, o quizá del hielo desgajándose tras miles de años, te llega amortigüado por las risas histéricas, quién sabe si por felicidad o soroche, del colega que amaga con empujar a la laguna a sus amigas.
Aun así la belleza incólume del lugar merece muchísimo la pena.

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