Cuzco es la excepción que confirma la norma peruana. En su casco antiguo, convenientemente remodelado para gozo del turismo, está prohibido tocar el claxon, no se ve basura en las esquinas, no se escuchan gritos y no hay aglomeraciones.
El barrio de San Blas es una postal en vivo, con sus cuestas adoquinadas y sus calles angostas, sus luces cambiantes al albur de la noche y sus patios interiores testigos de la evolución de los tiempos.
Más abajo la plaza de armas es, desde nuestro punto de vista, la más bonita que hemos visto en el viaje. Espaciosa, con fachadas y balcones de colores que la engalanan para embelese de la vista, parece estar siempre concurrida.
Hay varios mercados en los cuales comer y comprar barato, así como una tienda o un puesto de artesanía a cada paso.
Es precisamente uno de estos mercados el que delimita el Cuzco turístico del Cusco sudamericano.
Al otro lado del mercado de San Pedro el hormigueo humano desarrolla la vida atestando las aceras, chocándose a cada paso, esquivando coches y bocinazos, pasando casi por encima de las mercancías que se venden en plena calle. Éramos prácticamnete los únicos turistas, y la sensación era extraña...Apenas una calle, un edificio, marca una frontera imaginaria.
Una misma ciudad, dos Cuzcos distintos.

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