Comenzamos a caminar a 4100 metros y el día prometía hermoso. Un par de horas de ascensión me separaban del espectáculo visual que supone el cerro de los siete colores, también conocido como "montaña arco iris".
Con un palo de fregona con punta de goma a modo de bastón alpino la motivación por disfrutar semejante belleza natural me llevaría en volandas... Pero nada más lejos de la realidad.
Al de pocos pasos comencé a sentirme raro: un conato de mareo, un amago de desorientación. No quise darle importancia y seguí caminando. Ni mascar hojas, ni el mate de coca que había desayunado, ni la colonia que el pseudo guía me hizo aspirar, ni mitos ni leyendas. No importan las medidas preventivas. Si el soroche quiere, te agarra. Poco menos de media hora tras el primer síntoma tuve que sentarme. Sentía presión en la cabeza y estaba totalmente descolocado, como si una bruma indescriptible se empeñara en hundir un centrímetro el suelo cada vez que yo quería pisarlo. Me dio la sensación de que no estaba muy lejos de desmayarme.
Comí un plátano y algo de chocolate, bebí agua, respiré hondo y poco a poco comencé a sentirme mejor.
Muy poco a poco.
Reanudé la marcha, pero no podía seguir el ritmo de Zuri. No era una cuestión física, no sentía fatiga ni tenía los músculos acalambrados. Era mental. Simple y llanamente mi cabeza no funcionaba como debía. Sentía que debía asegurar bien cada paso, que mis pies tenían que afirmarse en ese suelo que de vez en cuando parecía ondularse, moverse levemente, juguetón, provocativo. Después de un rato, y aunque estaba mejor que la vez anterior, tuve que volver a sentarme.
Más agua y más respiración. Concentración. No perder la calma y tratar de que la cordura no se despeñara en el vacío de mi espiral mental.
"Ahí, consciencia, ahí. Demuestra tus dotes de funambulista. Por el borde si quieres, pero sin caer".
Zuri, que estaba perfectamente, permaneció todo el tiempo a mi lado. Probablemente le jodí el día, pero le agradezco enormemente su ayuda.
Tocaba levantarse de nuevo y tirar para arriba. Estaba algo mejor, así que decidí regular mi esfuerzo para no volver a empeorar.
10-20 pasitos, parada, respiración honda.
10-20 pasitos, parada, respiración honda.
A mi ritmo de tortuga bípeda pálida llegué a los 5000 metros y dos letrinas verdes se vistieron de sirena. No era un espejismo, aunque casi juraría que las oí cantar.
Entré en una de ellas y descargué el lastre que amenazaba con reventar mi vientre. Curiosamente, en ese mismo instante, aun con el ídem al aire, pasé de sentirme como el culo a estar inmensamente mejor.
Salí de la letrina, recoloqué la mochila y conseguí al fin hollar la cima.
Fue una sensación agridulce, pues aunque estaba contento por haber llegado a esos 5200 metros después del sufrimiento, la resaca que me dejó todo lo pasado no me permitió disfrutar de la vista única que se extendía ante mí.
Como veis, el mal de altura es una auténtica mierda.


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