miércoles, 22 de noviembre de 2017

El lago Titicaca, las islas de los Uros y Taquile

El lago Titicaca es inmenso, un mar de agua dulce.

Y es que a nosotros, acostumbrados a paisajes de menos de 1500 metros sobre el nivel del mar, aquello nos evocaba una  costa cualquiera bordeada de colinas.
Pero en un momento dado el subconsciente se relaja y el raciocinio te grita que no, que estás a más de 3500 metros y esas lomitas superan los 4000, que no te confíes que el soroche acecha.

Una vez en el barco, a sabiendas de que nos dirijimos a unas islas artificiales construídas uniendo totora, tierra y cuerdas, nos preguntamos cuál puede ser la motivación para tan singular asentamiento.

Porque las islas de los uros están habitadas.


Y creedme, ya en las islas, con los pies sobre ese suelo inestable y efímero ( tienen que renovar la totora cada ciertos meses porque se pudre al contacto con el agua), las preguntas adquieren más fuerza.
Viven en islas flotantes ( no tengo claro si en esas o en algunas bien dentro del lago, porque esas parecían escenarios de teatro) en medio de un paisaje con muy pocos recursos. Apenas la pesca y esas totoras que lo mismo te producen un barco, que una casa, que sirven de comida. Al menos hoy en día Puno les queda a  una hora escasa en lancha rápida.

Cada isla está habitada por una comunidad que se junta en base a lazos familiares y de amistad, así que si en algún momento ya no se ajuntan, cortan la cuerda y navegan con su islita a otro lugar.



Un poco más adentro del lago, desde el barco, pudimos ver la escuela ( con conexión wi fi durante algunas horas), el centro médico y la iglesia adventista del séptimo dia, todas ellas sobre su correspondiente lecho no perenne.
Desde luego, son escenas totalmente distintas a cualquier cosa que nuestro cerebro tuviera registrada. Aun con sus dosis de teatralidad, es un lugar que merece la pena visitar. Es curiosísimo.


El viaje en barco  continúa lago adentro hasta la isla Taquile. Esta sí es natural. Tras descender y negarnos a comer en un restaurante edificado expresamente para los turistas, con su correspondiente show incluído, atravesamos la isla  a pie. Es un recorrido fácil de hacer pese a la altura, con un único camino marcado que te llevará hasta la plaza del pueblo. Por el camino observarás escenas campesinas, trajes tradicionales, anciandos pidiendo limosna, algún que otro niño correteando y un horizonte de agua que parece no tener fin.


Definitivamente el lago Titicaca es un destino que merece la pena visitar aunque solo sea por comprobar cómo lucha tu cerebro intentando comprender ese paisaje tan reconocible pero tan alejado del océano.

" Que no, que no es el mar. Que es un lago y está muy alto".


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