miércoles, 22 de noviembre de 2017

La playa de Chifrón: una postal distinta del lago Titicaca

Aunque los parajes del sur de Perú sean espectaculares, estábamos un poco cansados de tanto turista y gentío, por lo que decidimos hacer un paréntesis.

Queríamos salir unas horas de Puno y huír de las rutas viajeras habituales, así que  nos pusimos a investigar, y dos días después subíamos a un colectivo con destino a la península Capachica. En el trayecto pudimos observar cuánto cambia Perú si te alejas de los destinos clásicos: hectáreas de secarral contra las que peleaban a pleno sol familias de campesinos míseros. Supervivencia pura y dura, porque cuando hay que comer y no llueve,  la relación del labrador con su tierra es ni contigo  ni sin ti.

Hora y media después de arrancar llegamos al pueblo. De la parada a la playa de Chifrón nos separaban unos 20 minutos en mototaxi por vías sin asfaltar.

Apenas arrancar, cuando el chófer encara el camino al lago,  los alrededores se despoblan. Sólo quedan campos arados y sembrados implorando que la temporada de lluvias arribe generosa, casitas salpicadas en la distancia, y algunas manos cuyos surcos en la piel compiten con los abiertos en la tierra que trabajan.

Al final del recorrido dos o tres pedalós varados en la ribera del lago Titicaca indican que en alguna época del año los peruanos disfrutan de su ocio en esa playa.
Frente a  los artilugios se abre un arenal vacío. Solo nosotros.


A la derecha, un minúsculo puerto otorga descando a unos pocos botes que esperan algún turista al que trasladar hasta la isla Amantani. Dos señoras charlan sentadas en las piedras del puerto, una tienda permanece abierta ofreciendo sus productos a no se sabe bien quién.

Pasamos por detrás del puerto y caminamos por el sendero que parece rodear la loma. Tenemos curiosidad por cómo se verá el paisaje al otro lado. Aun no hemos terminado de subir cuando por detrás de un murito, un poco más arriba de donde nos encontramos, se asoman dos cabezas. Son Walter y su bebé.

Viven en una coqueta casita adornada con motivos incas, y han tardado tres años en construírla. Todos los materiales han sido extraídos del paraje que les rodea, sea de la montaña o del lago. No han estado solos en la tarea. Sus padres, que viven a apenas 800 metros, les han ayudado.

- Se llama Yako- nos dice cuando le preguntamos por el nombre del niño-. Significa "agua". Y ahí, en la pared, hemos dibujado a Inti. El sol. El agua y el sol, los dioses de la vida.

Walter y su mujer han estudiado turismo, y sueñan con alojar a turistas en esta orilla del Titicaca. Están empezando, pero hoy ya esperan a 4 personas.

Ojalá les vaya bien.


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