martes, 2 de enero de 2018

Andrés, alias Gringo.

El camión de Andrés tiene 4 frenos. Su vida, ninguno.

-He empezado de cero tres veces.

De joven fue miembro de las fuerzas especiales. Una placa en la cabeza sustituye los recuerdos previos al estallido de la bomba que lo sacó del ejército.

- No mereció la pena. Hoy no lo volvería a hacer, pero cuando eres joven quieres adrenalina.

Andrés se crió en la Patagonia chilena, un ambiente inhóspito en el que aprendió a adaptarse al entorno, a vivir con los recursos de alrededor, a sobrevivirle a la soledad, al clima y  al tiempo.

En su segunda vida se echó al mar. Necesitaba estar en movimiento, y elegió el casco de un barco porque, aunque él no era consciente, aquello no distaba tanto de sus vivencias de infancia. Aunque acompañado en cubierta, bastaba fijar la mirada en el infinito para tener de nuevo ante sí, casi para sí, la  crudeza de la naturaleza más auténtica. La vastedad del océano se desplegaba hasta el horizonte, al igual que los bosques patagónicos tupían los recuerdos de niño en aquellos inmensos parajes del sur chileno, hasta fundirse con las nubes donde la vista casi ya no alcanza.

Surcó el tiempo y los mares, y muchos años después le dieron la  incapacidad. Tuvo que desembarcar.

Pero apenas pisó tierra firme decidió dejar el olor a  salitre en la trastienda de la memoria, tapándolo para que no envejezca del todo mal, con un largo manto de nostalgia. Su hijo comenzaba en breve la universidad, así que tocaba volver a resurgir.

Esta vez la suerte, o la casualidad de mano de la causalidad, llamó a su puerta.

A Andrés le apasiona reparar vehículos viejos, y casi diez años atrás había adquirido un camión Mac del 46. Paciente como solo las personas crecidas en entornos aislados saben ser, fue  adquiriendo piezas originales en el mercado norteamericano. Y ensamblándolas.

Tardó años en restaurarlo, pero lo consiguió.

Un tiempo después recibió una llamada. Era la empresa Mac, que asombrados por el volúmen de compras de Andrés, le preguntaban la razón.

Los empresarios quedaron tan impresionados que le propusieron un trato: irían a ver el camión, y si era cierto que todas las piezas eran originales, si era verdad que el viejo  Mac estaba como nuevo, lo llevarían a Estados Unidos para exponerlo y le regalarían a él uno sin estrenar.

El gringo eligió hasta el color.

- Verde, pero no sé si acerté-dice riendo-. Se nota mucho la suciedad.

Hoy transporta salmón 3 veces por semana desde la isla grande de Chiloé hasta el interior de Chile. En realidad, lo único  que no le gusta de su camión es el revestimiento interno  del techo de la cabina. 

- Es que parece un ataúd.


No enterrarán fácil al Gringo. Ha edificado tres casas porque las casas son para vivir, y si alguna vez mueres en vida no puedes seguir habitando donde estabas. Para resucitar hay que cambiar la energía, que fluya recién nacida, y para cambiar de vida hay que cambiar de hogar.

Andrés ha estado, entre Chile y Japón, en 6 terremotos, 2 tsunamis y 3 erupciones. Por eso, y porque vive sin luz eléctrica ni cañerías de agua, elige bien los lugares donde construír sus casas. Observa las horas y la posición del sol, analiza los vientos, el comportamiento de las mareas. Y deja que la vida fluya.

Solamente lo desestabilizó un hecho: descubrir 16 años después que tenía una hija que no conocía. 

En realidad, el que lo descubrió fue su hijo. Metió su apellido en Google y vio que había muy pocos en Sudamérica. Un nombre le llamó poderosamente la atención.

Andrea tenía el mismo apellido que su padre Andrés.

Contactó con ella, y aquella chica brasileña residente en Argentina le dijo que era hija de un marino chileno que no llegó a conocer.

Meses después Andrés, alias Gringo, se hallaba con su hijo en el aeropuerto de Santiago creyendo recibir una mercancía procedente de Europa.

Todo era un engaño. Andrea se paró frente a Andrés. A Andrés se le paró el tiempo.

Decidieron viajar juntos en camión por unos días, y fue el trayecto más difícil que jamás realizó. No sabía qué decirle a la muchacha, se había quedado mudo, helado. Pero el tiempo cumplió su función y el hielo se fue derritiendo.

Hoy viven los tres juntos en la última casa que ha levantado, ésta mano a mano con sus hijos, en su querida Patagonia.

Llegamos a Puerto Montt. Tenemos que bajarnos del Mac verde de 4 frenos de Andrés, alias Gringo.

Él nos mira y sonríe con esos ojos azules de vida intensa.

- Empezar de cero no es duro. Es divertido. Te obliga a pensar, a moverte, a inventar.

Nos tiende la mano sin dejar de sonreír.

- Chicos, dejad que la vida fluya-  dice antes de perderse para siempre entre el tráfico.

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