Bienvenidos al show de las vidas rotas.
Nunca sabremos su nombre, pero todas las tardes, cuando se va el sol, aparece en la calle Khaosan Road de Bangkok para actuar delante de los turistas.
Con el micrófono y el teléfono móvil conectados a un pequeño amplificador desentona canciones asiáticas ante la mirada sorprendida, a veces tierna, otras divertida, de su público itinerante.
Detras de él sus managers.
Delante de él un sombrero.
Las cuerdas vocales del artista revientan notas musicales y rajan cual navaja oxidada los tímpanos de los oyentes. Sin embargo, los billetes llenan siempre el hueco del gorro.
Los organizadores del espectáculo callejero se embolsan a diario una buena suma de dinero de la que, más que probablemente, el cantante jamás verá un céntimo.
¿ Por qué entonces, si la calidad es tan mala, tiene tanto éxito?
Simple y llanamente, por la falta de conciencia y perspectiva de muchos turistas.
Y es que, joder, el protagonista de esta crónica tiene apenas 5 añitos.
El crío es obligado, bajo la atenta mirada de sus padres que eso sí, se desviven en carantoñas hacia el retoño, a exponerse día sí y día también ante miles de adultos que no conoce, que se ríen, que lo señalan, que lo graban, o que simplemente lo observan.
Un niño aun sin conciencia de lo que hace, que obedece a los que se supone velan por él, pero que en algún momento se dará cuenta de que aquellos a los que tanto ama lo han rebajado a poco más que un mono de feria.
¿ Qué pasará entonces en esa psique? ¿Cómo repercutirá en el comportamiento del futuro adulto?
Mientras, y hasta que la bomba estalle, la rueda seguirá girando. Los padres de la criatura seguirán robándole abyectamente la niñez, los extranjeros estúpidos continuarán llenando sin conciencia el sombrero de dinero y el futuro de desdicha, y el infante, inocente de todos los cargos ahora, acabará probablemente cargando sobre sí culpabilidades que difícilmente sabrá gestionar.
Pasen y vean.
Es el show de las vidas rotas.

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