viernes, 11 de mayo de 2018

Timo con el cambio de divisa en Legian, Bali. Parte I

Qué asco de gente. Gentuza. Y por llamarles de alguna manera, porque vamos...

Legian, Bali. Busco una casa de cambio y me doy cuenta de que hay un montón por la calle. Son todas pequeñas, chiringuitos privados, para nada oficiales. Pero bueno, es un sitio turístico, manejan dinero como churros y hay demanda de cambio. Me llama la atención que tienen el cambio más alto de lo que corresponde, pero oye, yo que sé, con tanta competencia algo tienen que ofertar para conseguir que el cliente les elija.

Me acerco. Es un segundo piso, un tío tirado en el suelo jugando con el móvil. Se incorpora cuando le pregunto si cambia dinero. Se coloca detrás de su mostrador. Le digo que cuánto me da por x cantidad de euros. Saca la calculadora y la cifra que me muestra es muy buena, mejor de lo que oficialmente deberían darme. Acepto. Acepta. Me dice que le muestre el dinero. Lo hago. Entonces saca su fajo. Va contando los billetes haciendo pequeños montocitos con ellos al tiempo que me invita a que los vaya comprobando. Lo hago. Acaba y yo también. Me pregunta si tengo no sé cuántas rupias para que así pueda redondearlo y compensarlo con lo que yo le de. Busco. No tengo. Me insiste en que mire mejor. Le hago caso y miro en otra cartera. Aquí sí. Se lo doy. Me dice entonces que ok, que recoja las rupias de encima del mostrador, que son mías. Cojo los billetes, me doy cuenta de que hay uno encima de mis euros. Le pregunto si ese es también mío, me dice que sí sonriente. Lo cojo. Tengo una mala sensación: Su insistencia en que  mirara en la cartera el cambio, el que los billetes no estuvieran colocados al final como los ha ido dejando a medida que los contaba...no sé. Y que además he tenido la percepción de que al final del trámite recogía menos billetes de los que he contado previamente.

Suelo ser confiada de por si, pero no me he quedado tranquila y de espaldas a él he vuelto a contar lo que he cogido. No me ha cuadrado. Me faltaba un tercio de lo que se supone que me ha dado. ¡qué neura! vuelvo a contar. Lo mismo.  Me vuelvo a girar y se lo digo. Le digo que por favor cuente los billetes que no sé si está bien o no. Lo hace sonriente. Pasa los billetes delante de mi y cuenta, cuenta despacito, como hace un profesor de infantil con sus alumnos que están aprendiendo los números. Le da bien, lo que habíamos acordado. "joder, que raro, y que vergüenza. ¿cómo es posible que yo haya contado tan mal?" Totalmente descolocada le digo que lo siento y que gracias. Lo cojo, lo guardo y me voy.

Pero no estoy tranquila. ¿Qué ha pasado? Se lo cuento a Ibai. ¿Cómo es posible que me haya equivocado por tanto? no puede ser. Tengo una extraña sensación que no se me va y decido volverlo a contar por cuarta vez. "Me vuelve a dar lo mismo que he contado por mi cuenta la primera. Ahora ya si que estoy descolocada. Y mosqueada. Al principio he pensado que me había timado, luego he pensado que qué desconfiada he sido por pensar mal de él, y ahora... ahora sé que me ha engañado. Doblemente además. Primero quitándome sin yo darme cuenta lo que me ha mostrado, y segundo, contando delante de mí como si de un mago se tratara.

Le digo a Ibai que lo cuente, pero ya solo por no sé, para tener tiempo a asimilar y pensar algo mientras lo hace. Cuenta lo mismo que yo. "Será tramposo hijo de su ... qué asco! se ha quedado con un tercio de mi dinero!, le digo a Ibai que me acompañe donde él. Me dice que para qué, que ya no hay nada que hacer. Le digo que sí, que vayamos. Así no se va a quedar la cosa. Ui... no sabe bien con quién acaba de jugar... Aunque sea verle la cara y hablarle claro.

Subimos y el tío flipa. Me mira y seguido le mira a Ibai. Ya no voy sola. Eso creo que le impone. Le pillamos lavándose la cara. "normal, el engaño es un deporte de riesgo que hace sudar..." Le digo en un tono serio y firme y con una cara de perro de buldog que hemos vuelto a contar los billetes y que falta dinero. El tío me mira intermitentemente. Me acerco a él con los billetes en la mano y le digo que los vuelva a contar delante de mi. Ahora le voy a pillar el truco. Se niega. Se lo vuelvo a repetir mirándole fijamente. Está nervioso, tenso, y se resguarda y medio esconde detrás de su mierda de chiringuito, y de la misma, mientras sigue negado con la cabeza, alarga la mano devolviéndome los euros que le he dado antes. Le digo que no, que cuente las rupias. Mira hacia abajo y mueve la cabeza hacia los lados sin pronunciar palabra. Le pregunto que a ver por qué no, que a ver si me ha intentado engañar antes. No responde. Se lo vuelvo a preguntar y le digo que es un miserable, que qué asco de persona. Ibai también le pregunta si nos ha intentaba robar. El tío ni mu. Mudo. Detrás de su mostrador con la mirada fija al suelo. Cojo mis euros y nos vamos. Buf... qué rabia. Con la buena impresión que teníamos de la gente de Bali... qué pena.

Y es que la historia no acaba ahí...

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