Bogotá no nos ha gustado.
Es demasiado grande, sucia, ruidosa y estresante. Como nos decían aquí, esta es la ciudad del trancón (atasco).
Las busetas vuelan por la carretera mientras el encargado de atraer clientes baja en cada punto de control horario para untar con mil pesitos al supervisor, no vaya a ser que registre la tardanza y nos jodan el negocio.
El servicio de bus "trasmilenio", que acorta tiempo de viaje aumentando estrecheces en su interior, agobia en hora punta. Llegarás a tu destino a la hora, sí, pero a cambio deberás elegir entre sobaco o empujón constante.
Estos buses grandes y modernos, que circulan por una vía exclusiva para ellos, trasladan a más gente de la que pueden soportar. La gente se empuja para entrar y se desanuda del prójimo como puede para salir. El día que haya un accidente, ese caos se convertirá en masacre.
Como aspectos positivos, hallamos el coqueto barrio de la Candelaria ubicado en el centro histórico de la ciudad, y sus callejuelas estrechas y adoquinadas, sus casitas coloridas, sus degustaciones de chicha , y su ambiente de artisteo callejero los fines de semana.
Recomendable también apuntarse al free tour que sale desde el punto de información de la plaza Bolívar, para disfutar de detalladas y amenas informaciones sobre arte e historia, el paso de Bolívar y Nariño por la ciudad, la evolución de Bogotá y muchísimos detalles más. Nos pareció curiosísima la concepción conceptual de los antiguos billletes colombianos. Aúnan en ese pequeño trozo de papel retazos de historia y personalidades, arte y simbología.
Hay varios museos a visitar dependiendo del presupuesto: museo del oro, de Botero...
Y según con quién vengas, elige bien la calle por donde pasear, no vaya a ser que por la "calle de la amistad" tu pareja piense que insinuas algo y se venga arriba en la " calle de los divorcios".




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