viernes, 15 de septiembre de 2017

La gran tormenta

Es medio día y el tiempo está revuelto. El sol y la lluvia andan peleandose por quien va ha salir primero. A pesar de ello decidimos caminar hacia un Cristo que está ubicado en lo alto de una montaña, a una hora y algo desde el pueblo llamado Jardín. El mero hecho de tener este monumento como destino no es que suene muy atractivo, pero en fin, creemos que el esfuerzo merecerá la pena por las vistas que tendremos desde allí. 

Al de un cuarto de hora de comenzar la ruta, un perro se nos acerca ladrando desde una finca, y debido al mal trago que hemos pasado con dos perros grandes que se nos han echado encima por pisar su terreno esta mañana, nos asustamos y nos ponemos a la defensiva, a pesar de que su tamaño no supera al de una gatita. Ladra sin parar y se nos sube a las pantorrilas, pero afortunadamente al de un par de minutos para, se coloca entre nosotros dos y se une a la marcha. 15 minutos después decidimos ponerle nombre, pues no se nos despega y avanza con nosotros sin detenerse. 

Miramos al cielo preocupados, pues algunas nubes negras parecen estar jugando con nosotros. Estamos a mitad del recorrido cuando a lo lejos vemos rayos, y nada más comentar que debido a todos los árboles que nos rodean no estamos en el mejor lugar, un trueno suena como si algo grande acabara de explotar. De repente una gota gorda se me posa encima y me paraliza. Mientras la cabeza empieza a maquinar, a la gran tormenta le da por llegar.

La lluvia cae de forma agresiva, son las gotas más grandes y expesas que he sentido jamás. Sin poder pensar, al cuerpo le da por reaccionar, con lo que echamos a correr más rápidos que Forest Gump. Tenemos los rayos y truenos intimidándonos encima, y el agua es realmente fría. Vemos a lo lejos una casita solitaria con un perro que ladra, y aunque nos de cosa entrar, decidimos pedirle cobijo a la abuelita de lugar. Pero cuando estamos cerquita ya, vemos como la anciana no para de al perro chillar y pegar, por lo que impactados decidimos avanzar escopetados hacia algún otro lugar.

Sentimos mucha inseguridad a la vez que corremos sin parar. ¿Mejor dar la vuelta y descender o seguir loma arriba hasta el Cristo que está ahí mismo y ver si algún otro camino nos devuelve al pueblo por un atajo?La tormenta sigue, los rayos y truenos son cada vez más seguidos, intensos y cercanos, y la lluvia nos envuelve como un gran manto. Empapados hasta lo más profundo y con mucho frío, nos persigue la gran duda de si no será mejor abandonar cuanto antes el lugar en vez de improvisar, pero tercos nosotros, decidimos arriesgar.

Cerquita ya del Cristo, un último tramo nos toca atravesar, lleno de barro y zarzal. De repente vemos otra casita al final del camino (¡Siiiiiii!  ¡la Virgen se nos ha aparecido! jaja), en la que es necesidad, ahora sí, de entrar para preguntar si hay alguna forma de tardar menos en bajar. ¡Qué alegría y alivio más grande acabamos de experimentar! Pero siguiendo para adelante con pasos de gigante, 2 perros Pitbull aparecen de la nada y galopan hacia nosotros ladrando y sin pararse ¡Qué miedo! cuántas sensaciones desagradables estamos sintiendo... es como una pesadilla que nos está siguiendo. Pero antes de poder reaccionar, nos damos cuenta de que al perrillo que venía con nosotros querían atacar, por lo que podemos respirar y sintiéndolo mucho por nuestro amiguito, decidimos dejarlo con ellos para nosotros avanzar. 

De la casita aparece un niño sonriente, el cual nos indica que hay otro camino más corto que va al pueblo bajando una gran pendiente. Pero el susto del cuerpo no se nos va, ya que el camino que se nos presenta como alternativa es un gran tobogán lleno de barrizal. Dudamos pero avanzamos,  y a mí el pie entero se me hunde en el barro. La bota pesa y la rabia aprieta, pero siendo las 2 opciones igual de malas, la decisión está tomada, y aunque sea de culo, logramos bajar a medio arrastrar sin decir ni pío.



Y he aquí lo curioso: una vez llegado al pueblo todos los miedos y males se han esfumado, y la sensación de haber vivido algo intenso se convierte poco a poco en liviano. El sol vuelve a brillar y parece que venimos de otra realidad, es una sensación difícil de explicar. La plaza del pueblo vibra de alegría con la gente que pasea, charla o se sienta a ver pasar el día, lo que provoca en nosotros que poco a poco volvamos a sentir tranquilidad.   

A la noche nos vamos a dormir y la historia se vuelve a repetir, haciendo que nuestros corazones a mil por hora se pongan a latir. Un horrible ruido nos despierta, lo cual hace que aún sin salir del sueño nos pongamos alerta, abrazándonos fuertemente el uno al otro mientras nos cubrimos la cabeza. Parece como si la casa fuera a caernos encima, un desprendimiento se avecina, el tejado vibra con una fuerza y ruido absoluta. No podemos pensar, y mientras el dormitorio sin ventanas oscura del todo está, solo nos queda la respiración aguantar y a lo que venga esperar. 
Al de pocos minutos consigo los músculos relajar y qué puede estar sucediendo objetivamente pensar, con lo que me doy cuenta de que todo el follón lo han montado los gatos queriendo en la tejabana de encima de nosotros jugar y pelear. Diossss...¡Qué situación tan absurda! ¡Qué barbaridad! y cuando al fin un poco más tranquilos conseguimos los ojos un poco cerrar, la tormenta mas intensa que he vivido jamás llega y nos consigue atormentar. ¡Qué mal! 

Al día siguiente cogemos el autobús y volvemos a Medellín, encontrándonos las consecuencias de la gran tormenta por aquí y por allí. Un montón de tierra y piedras de gran tamaño han invadido gran parte del carril. 






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