lunes, 25 de septiembre de 2017

Ráquira, la calle de los artesanos.

Fuimos a Ráquira volviendo a Bogotá desde Villa de Leyva. Sabíamos que los lugareños trabajan el barro, así que decidimos echar un vistazo.

Solamente uno, porque el pueblo no da para mucho más.

 Sabedores de su fama, han querido explotar su condición de artesanos, pero al visitante ( al menos a nosotros) le queda una sensación un tanto extraña.

La cuidadísima y colorida calle repleta de tiendas vendiendo cientos de objetos de arcilla, agradable y preparada para pasear,  desemboca en la plaza del pueblo. Por cierto, muy curiosa: varias estatuas de arcilla a tamaño real, mezclando motivos religiosos con otros referentes a la idiosincrasia de la vida local, velan  por la seguridad de la iglesia que preside el espacio. A uno de los lados de la placita, un gigante de arcilla observa desde las alturas a todo aquel que ose acercarse.

Pero si eres curioso y quieres más, aprende a frustrarte o fija tu mirada en otro lugar, porque ahí acaban los atractivos para el viajero. Cruzando el río el paisaje es bien distinto: calles a medio asfaltar, polvo, y edificios que hace un lustro pidieron a gritos una renovación y hoy languidecen con faringitis crónica.

Como aspecto positivo, que en este sector del pueblo podrás almorzar significativamente más barato que en la calle turística.



Pasear, comer y vuelta a Bogotá vía Chiquinquira. Si no tenéis suerte, os tocará nuestro chófer, un joven medio imberbe al que el consumo en versión maratón de la saga "fast and furious" le ha dejado afectado el cerebro de por vida. Cada vez que tomaba una curva temíamos por la integridad del bebé que viajaba en brazos de su madre, y con cada bache intentábamos recordar en qué momento habíamos contratado deportes de aventura.

Intenta relajarte en mitad de un triple adelantamiento antes de una curva sin visibilidad, en pendientre pronunciada y dentro de una cafetera a motor aquejada de tos cazallera incurable.

Seguramente apretarás el culo como todos nosotros. O casi todos.

Porque el conductor y su compañero reían.

El bebé, angelito, dormía.

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