Alicia no se llama Alicia, pero sí es una desplazada por la violencia.
Vivía en un remoto lugar montañoso de Colombia, uno de esos verdísimos parajes a los que la política cambió el color. Zona roja.
La guerrilla controlaba el entorno, y a veces, más veces de las deseadas, jóvenes armados se asomaban a la ventana para hablar con su madre: “ señora, túmbense en el piso usted y sus hijas. Debajo de las mesas. Viene balacera”
Y venía. Siempre venía.
De vez en cuándo, mientras Alicia jugaba con su hermana, o comía, o reía, o simplemente vivía, los guerrilleros golpeaban fuerte con la mano la puerta de su casa mientras patrullaban.
Pum, pum, pum, pum. Uno tras otro. Pum,pum,pum. Rítmico. Atenazante.
El miedo en el zaguán.
Pasaban los días y las balas, corrían los consejos, se anclaba la tensión. Hasta que cierto día su madre decidió que sus hijas tenían derecho a vivir sin retrovisor. Hicieron las maletas y se trasladaron a una finca cafetera en el noroeste del país.
Se convirtieron en emigrantes dentro de sus propias fronteras. Nada raro, por cierto, en el país con más desplazados internos del mundo.
Pero resulta que Alicia también es una víctima no reconocida de la violencia. Una de esas a las que les falta un papel que atestigüe que también les falta un familiar.
En un contexto de riñas vecinales y amoríos entrelazados, un conocido fue un día a la finca. Sonrió y le dejaron entrar. Charló un rato con su madre, le hizo varias preguntas y la agarró del brazo.
Alicia tenía 13 años, su hermana 11.
El chico, de 22, disparó 5 veces. 4 tiros en el cuerpo, el último en la sien.
Alicia y su hermana cubrieron a su mamá con una manta y corrieron descalzas colina abajo. Dice que no recuerda ningún dolor. Cosas de la adrenalina, supone.
Cuando regresaron con unos vecinos y la policía, se acuerda perfectamente del arroyo de sangre que emanaba del cuerpo. A partir del primer flash de la cámara fotográfica policial, nada más. Mente en blanco. Memoria bloqueada.
Tuvieron que buscarse la vida vagando por pueblos, trabajando en lo que había, cobijándose con quien podían.
Al asesino, miembro de un grupo paramilitar, le cayeron 18 años de condena. Ha cumplido 7 y ya está libre.
Vivía en un remoto lugar montañoso de Colombia, uno de esos verdísimos parajes a los que la política cambió el color. Zona roja.
La guerrilla controlaba el entorno, y a veces, más veces de las deseadas, jóvenes armados se asomaban a la ventana para hablar con su madre: “ señora, túmbense en el piso usted y sus hijas. Debajo de las mesas. Viene balacera”
Y venía. Siempre venía.
De vez en cuándo, mientras Alicia jugaba con su hermana, o comía, o reía, o simplemente vivía, los guerrilleros golpeaban fuerte con la mano la puerta de su casa mientras patrullaban.
Pum, pum, pum, pum. Uno tras otro. Pum,pum,pum. Rítmico. Atenazante.
El miedo en el zaguán.
Pasaban los días y las balas, corrían los consejos, se anclaba la tensión. Hasta que cierto día su madre decidió que sus hijas tenían derecho a vivir sin retrovisor. Hicieron las maletas y se trasladaron a una finca cafetera en el noroeste del país.
Se convirtieron en emigrantes dentro de sus propias fronteras. Nada raro, por cierto, en el país con más desplazados internos del mundo.
Pero resulta que Alicia también es una víctima no reconocida de la violencia. Una de esas a las que les falta un papel que atestigüe que también les falta un familiar.
En un contexto de riñas vecinales y amoríos entrelazados, un conocido fue un día a la finca. Sonrió y le dejaron entrar. Charló un rato con su madre, le hizo varias preguntas y la agarró del brazo.
Alicia tenía 13 años, su hermana 11.
El chico, de 22, disparó 5 veces. 4 tiros en el cuerpo, el último en la sien.
Alicia y su hermana cubrieron a su mamá con una manta y corrieron descalzas colina abajo. Dice que no recuerda ningún dolor. Cosas de la adrenalina, supone.
Cuando regresaron con unos vecinos y la policía, se acuerda perfectamente del arroyo de sangre que emanaba del cuerpo. A partir del primer flash de la cámara fotográfica policial, nada más. Mente en blanco. Memoria bloqueada.
Tuvieron que buscarse la vida vagando por pueblos, trabajando en lo que había, cobijándose con quien podían.
Al asesino, miembro de un grupo paramilitar, le cayeron 18 años de condena. Ha cumplido 7 y ya está libre.
Alicia dice que vive con miedo, que no quiere que la mate a ella también. Tiene un hijo de dos años y no quiere que sufra.
Antes de ser padres, sonó una noche el teléfono de Alicia. Le perseguía la violencia.
Era Pedro, su pareja, que tampoco se llama Pedro.
Hablaba con dificultad, pero estaba sereno: “ Estese tranquila, no se preocupe”.
Le acababan de disparar en el pecho.
Volvía de trabajar en la mina de oro, cuando de repente se le paró la motocicleta. Consiguió llegar a una gasolinera y pidió que alguien le llevara a casa. De entre todos los ofrecimientos, eligió el de la moto más cara. Desde el asiento trasero, con las manos en el asidero y la mente abotargada, vio cómo varios motoristas los rodeaban. Descerrajaron los cargadores en cuestión de segundos. No iban a por él, pero las balas no piensan, y sin obstáculo que se interpusiera una le impactó en el pecho.
A su acompañante lo acribillaron.
Él, en el suelo, rodeado de agua aunque no recuerda dónde, comenzó a asimilar la realidad.
“No comprendo cómo funcionó el celular. Estaba mojado. Pero funcionó y la llamé”- dice mientras se levanta la camiseta para enseñarnos la cicatriz-. “Aun tengo el proyectil dentro”.
Ella mira a su pareja en silencio. “ Yo no me lo podía creer, otra vez no”- dice con la cabeza gacha cuando acaba el relato.
Alicia no vive en el país de las maravillas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario