lunes, 16 de octubre de 2017

Vivir más despacio.

Desde el montículo de la derecha de la laguna Wilcacocha se domina el valle de Huaraz. Aquí la secuencia de la vida se proyecta a cámara lenta. No es la altura        ( más de 3000 metros), tampoco el clima cambiante, ni tan siquiera la quietud que alcanza hasta donde la vista no llega.


Es simplemente su vida.

Las mujeres, vestidas con los trajes y sombreros tradicionales de esta región peruana, se sientan en lugares altos desde donde tener a sus animales bajo control.
Si llovizna, no se mueven. Las protege el sombrero.Si el sol abrasa, no se mueven. Las protege el mismo sombrero. Si los burros yerran el sendero o las ovejas suben más de lo debido, o las vacas se disgregan, entonces sí. Entonces se levantan tranquilas y se acercan parsimoniosas, seguras, al rebaño.


Sin perros ni ruidos. En Huaraz, Perú, se pastorea a pedradas. Cuando el animal ha desviado el rumbo hacia la izquierda, la pastora busca una piedra, la coge, y la lanza en esa misma dirección. La roca cae a pocos centímetros del animal, que si es oveja o vaca,  se sobresalta y cambia de rumbo. Si es burro...Si es burro no funciona  y toca ser más expeditivo: el niño lo agarra de la cola, trata de alzarlo para moverlo,y finalmente posa sus manos en las nalgas del jumento. Empuja con todas sus fuerzas. Refunfuña y sigue empujando. Finalmente el animal, el cuadrúpedo, cede.


Queda hora y media de bajada, así que nos ponemos en marcha. El sendero no está señalizado, por lo que es conveniente ir preguntando a los lugareños si vamos en la dirección correcta: sí. Bajad un poco más. Hay un eucalipto. Ahí a la derecha".

Y a la derecha del eucalipto, u
n poco más abajo para ser exactos, una pancarta nos corrobora que aquí arriba no rigen los mismos códigos: " barrio seguro. Ladrón, estás avisado. Serás linchado".

Ya se divisa la carretera a lo lejos. Pero en este limbo entre visiones de vida nos enternece y asusta a la vez una escena: en el límite del precipicio dos chabolas delimitan un pequeño terrreno. Es inusualmente verde, y un padre juega a fútbol con su hijo. En un extremo, una chabola. En el otro, otra. Encima, una cuerda con ropa tendida. Debajo, una porción de cesped en la que no cabrán más de diez personas. A un lado, la ladera de la montaña. Al otro, el precipicio.

En medio de todo dos sonrisas persiguiendo un balón.

Y nuestras camaras sin batería.

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