Enciendes la linterna frontal del casco y caminas hacia las fauces oscuras del Cerro Rico.
Chap, chap, chap...
Las botas chapotean y se manchan con esa mezcla de agua, barro y polvo de mineral. No hay huellas, no existe casi prueba de tu existencia en las entrañas del subsuelo boliviano. Tan solo el registro en el que te apuntaste el día anterior. Cada metro que avanzas es un halo menor de luz, un poco más de inseguridad, un mucho más de oscuridad.
Esa oscuridad...La oscuridad dentro de una mina se siente distinta. Es como si pesara, como si la portaras sobre tus hombros.
Caminamos en fila india por el hueco que hay entre los raíles por los que circulan las vagonetas.
Si alguna viniera tendríamos que arrimarnos a la pared, colocados de perfil. El tema de la posición es importante, porque si nos ponemos de frente nuestro brazo ocupa el espacio del raíl. En caso de que la vagoneta viniera descontrolada nuestra extremidad acabaría tiñendo de rojo los charcos ocres que pisamos.
La bocamina ha quedado atrás y la única iluminación ahora es la que emana de nuestros cascos. El ambiente es húmedo, el pasadizo angosto, el techo, irregular. Superamos un arco construído con piedras que sujeta una sección de la montaña. Es de la época colonial, lleva más de 400 años distribuyendo la presión de la mole rocosa potosina.
Y nosotros ahí dentro.
Los soportes modernos son diferentes: madera de eucalipto.
Y nosotros ahí abajo.
De repente se escucha un siseo a nuestra derecha. Proviene de una precaria tubería de goma. La cabeza se dispara y pienso en un escape de gas.
Pero no. Menos mal que no. Ese tubo transporta aire a presión que se utiliza para dispersar los gases tóxicos. De momento, no hay peligro.
El pasillo va estrechándose cada vez más.
Un repiqueteo metálico nos llega lejano rebotando de pared en pared.
- Apúrense, por favor. Ahí adelante hay una escapatoria donde protegernos - dice el guía.
Inmediatamene después del martilleo sobreviene un rugido prolongado.
Y claro, nos apuramos.
Salimos de los raíles en la escapatoria e intuímos una luz tenue que se disgrega entre las partículas de polvo. El rugido es más potente a cada instante. La luz, más compacta. Una vagoneta pasa despacio ante nosotros. De ella sobresale un montículo de piedras, y cuatro sombras se esfuerzan, algunas tirando con cuerdas por delante, otras con las manos apoyadas en la parte trasera del vagón, las piernas flexionadas muy atrás, la cabeza gacha, en que el peso de la vagoneta cargada no les venza. Avanzan despacio sin apenas mirarnos .
Dejamos que crucen y esperamos pacientes a que el silencio anuncie la ausencia de peligro.
Reanudamos la marcha, pero no habremos recorrido 10 metros cuando el guía nos ordena sobresaltado que volvamos de nuevo hacia atrás. Rápido. Viene otra.
Al fin conseguimos avanzar. Notamos que poco a poco el aire se espesa. Cuesta respirar y hace más calor.
Llegamos a un cruce de vías. Una sigue recta, la otra se desvía hacia la izquierda para perderse en el abismo, pendiente abajo.
O arriba.
Porque desde las vísceras de la montaña brotan gemidos de esfuerzo. De esos que surgen involuntarios, de los que suenan a estertor de última fuerza.
Nos colocamos a salvo aprovechando el espacio triangular que dibujan la separación de vías y la pared. Nos apelotonamos como podemos y esperamos.
Cuando los gemidos se advierten cercanos se oye también la fricción entre la rueda y el raíl.
Ya vienen.
Al principio no se les ve. Los tapa la propia vagoneta, que parece estar viva. Y vieja. Y cansada.Agotada.
Avanza muy despacio. La luz frontal de los mineros rebota contra la popa del vagón, así que la máquina se acerca, fantasmagórica, lanzando gritos ahogados.
Cuando pasan por delante me estremezco. No sé desde qué profundidad vendrán, pero parecen surgir del mismísimo averno. Y allá volverán, porque los mineros adoran al dios de las tinieblas.
Loan al diablo, que aquí se llama " Tío de la mina".
Al infierno irán, decía, si les falla la fuerza tan solo un instante, porque sus cuerpos son el único mecanismo de freno ante la gravedad.
Cambian la vagoneta de vía alzándola a pulso, sufriendo, sudando.
Desaparecen camino de la luz natural y nosotros nos vamos en dirección contraria. Tenemos que bajar la cabeza para no golpearnos con el techo, cada cez más bajo. Llegamos a una galería más amplia. Hay confeti y hojas de coca por el suelo. Cuando conseguimos centrarnos advertimos una figura antropomorfa sentada contra la pared. Tiene cuernos, un enorme pene erecto y una amplísima sonrisa de la que penden dos cigarros encendidos. Está fumando.
Joder, es una estatua que fuma.
En su regazo se apilan más confeti, más hojas de coca y alcohol de 96 octanos. Los mineros se lo beben a pelo o mezclado con azúcar... Y parece que el Tío de la mina también.
Todo ello son ofrendas que los jornaleros del fondo de la tierra le realizan a su deidad.
Si el Tío está contento hará el amor con la Pachamama, y vetas perfectas de mineral germinarán de la relación.
En cambio, si se enfada, los sepultará bajo toneladas de rocas.
No juguéis con el diablo.
No juguéis con el diablo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario