Nicolás es un joven colombiano afincado en Valparaíso.
Creció en un pueblo de montaña, uno de esos hermosos parajes en los que cuando la foto se mueve la vida atenaza.
Apenas superaba el metro de altura cuando a un amigo cercano le dieron un tiro en la frente. A bocajarro.
La duda vino después: los sicarios lo alzaron, y tras examinar la cara ensangrentada concluyeron que no era quien andaban buscando. Se habían equivocado, debían subsanar su error: encontrarían al verdadero objetivo y también lo matarían.
Nicolás habla sobre la muerte con la naturalidad que imprime lo cotidiano. Ha jugado al escondite con ella y hasta ahora siempre ha ganado.
" Allí llegar a los doce años es que vas bien, huevón. Si respiras a los 15 es un logro, y si cumples 18 ya eres un puto héroe".
Mediaba su adolescencia cuando decidió que quería vivir fuera de casa. Buscó su lugar por los entornos montañosos durante meses, hasta que cierto día cedió a la nostalgia. Quería recargar el depósito antes de seguir con sus caminares sin brújula.
Volvió al pueblo y llamó a la puerta de su mejor amigo. Abrió la madre, que lo miró sorprendida. No lo esperaba.
-¿ Hace cuánto que no ves a mi hijo?
En realidad, ya no esperaba a nadie.
- 8 meses- respondió Nicolás tembloroso.
Su amigo de infancia no estaba. Había aparecido flotando en el río, con los dedos de una mano amputados.
Nicolás bajó montañas y atravesó valles, puso tierra de por medio y comenzó una nueva vida en una populosa ciudad colombiana.
Se hizo actor. Quizá para vivir más vidas, o para simplemente vivir más, o quién sabe si, prosaicamente, para intentar confundir a la muerte.
Se labró un status en el mundo escénico, consiguió trabajo en la televisión, comenzó una nueva relación y una nueva vida.
Le iba bien...Hasta que le bloquearon el camino las políticas: la ideológica y la familiar.
Los progenitores de su pareja, " la mujer más hermosa del mundo", navegaban en ideas diametralmente opuestas a las suyas. Él, astuto capitán, consciente de la marejada, viraba siempre a tiempo de evitar la tormenta. Pero un maldito día le sorprendió la ciclogénesis. Tronaron cañones a babor y estribor, rechinaron espadas, y entre humaredas de pólvora la doncella se esfumó.
Ahí comenzó, herido de ausencia que no de estoque ni bala, la huída de Nicolás.
Recorrió Sudamérica por tierra huyendo de su pasado, y regó con alcohol el camino para hacer el lastre más liviano, para que la bola de reo resbalara por esos caminos trillados. Mas cuando el vino se secaba el piso quedaba pegajoso, y la cadena volvía a encallar entre adoquinados coloniales.
En Chile comprendió que podría escapar de todo pero nunca de sí mismo.
Mandó a parar.
Encontró un vacío en el nicho teatral de la stand up comedy de Valpo. Calentó el clavo al rojo vivo y se agarró centrándose en producir e interpretar sus propios textos.
" Uno se cansa de sufrir, hermano".
Hay que reírse. Reírse de todo.
Resurgieron en él la creatividad y la motivación, se veía con energía. Consecuentemente, diversificó para saltar al vacío de la escritura de su propia novela.
Ya había hecho los cambios que, después de leerla y releerla millones de veces, lo habían dejado satisfecho. Pero entonces asaltaron a punta de pistola la casa donde vivía. Se llevaron todo excepto las vidas. Entre lo que sustrajeron estaba el ordenador portátil de Nicolás, o lo que es lo mismo, su recién terminada novela.
Pero los colombianos no necesitan tres días para resucitar.
La escribirá de nuevo, seguirá haciendo reír a la gente en los escenarios, continuará burlando a la muerte en su larga mascarada, convivirá con el sufrimiento de su pretérito imperfecto mirándolo a los ojos, sonriendo para desarmarlo.
Y quizá, solamente quizá, algún día concluya su huída.

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