Granuja y buscavidas la primera, pija y estirada la segunda.
Parecen necesitarse mutuamente, como si en la diferencia estuviera la virtud, como si en la comparación permanente se exaltara lo mejor que ambas creen tener.
Valparaíso es el caos, la improvisación, el " porque me da la gana", la media sonrisa y el sombrero a un lado.
Fachadas otrora impresionantes, consecuencias de tiempos prósperos, languidecen ennegrecidas por el salitre y la rudeza de la vida portuaria. Al lado, o arriba, o abajo, o donde alguien haya encontrado un hueco surge coqueta una casita de madera de dos pisos, al lado, o arriba o....Y así hasta donde la vista alcanza.
En todas las esquinas aparecen diseminados murales, de mayor o menor calidad, que intentan revestir a la ciudad de modernidad y bohemia.
Valpo parece estar en una lucha interna por saber qué quiere ser.
Viña del Mar es todo lo contrario. Ordenada y limpia hasta aburrir, adornada por su playita y su inmenso hotel-casino a las puertas del mar, su inmenso parque Vergara a modo de pulmón donde olvidar que estás en la ciudad, pareciera que nunca vaya a pasar nada.
Canallismo de cigarro en la comisura o tranquilidad de camisa planchada.
Elige.





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