sábado, 23 de diciembre de 2017

Santiago de Chile

Los anocheceres santiaguinos prenden el cielo como si el sol protestara por abandonar la capital chilena. Como si la amara. Como si no quisiera dejar de mirarla.

Es una pena que los edificios altos del centro se interpongan entre tus ojos y esa bóveda de intenso naranja, porque sin los mamotretos de hormigón el espectáculo sería majestuoso.

Por lo demás, es una ciudad enorme con grandes alamedas en las que ya, mucho menos temprano de lo que Allende deseó en su discurso, camina el pueblo libre.

Su centro rezuma historia y descubre cultura a la vuelta de cualquier esquina.

El parque metropolitano permite escapar por unas horas del stress ciudadano. Sus campas, árboles y paseos consiguen que olvides que en realidad, aun te encuentras en el centro mismo de la ciudad.



En el barrio Bellavista nos topamos, además de bares y locales repletos de ambiente, murales de mayor calidad que los más conocidos valparaísinos. Es un barrio bien curioso.


A destacar también la facilidad con la que pueden adquirirse productos de todo tipo a precio asequible. No tanto en tiendas y locales oficiales, pero es que hubo momentos en los que tuvimos la sensación de que toda la ciudad es un gigante mercado callejero.


En resumen, aunque más habitable que otras grandes metrópolis sudamericanas, Santiago no deja de ser otro hormiguero humano.

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