Sentìamos que había llegado el momento de irnos de Sudamérica. El cuerpo nos pedía un cambio, y habíamos elegido seguir nuestro viaje por Sudáfrica y Namibia.
Cuando comenzamos a mirar vuelos, vimos que uno hacía escala larga en Madrid. Era una buena oportunidad para reunirnos durante casi un día con nuestras familias, así que aunque el viaje hasta Johannesbrugo fuera mucho más largo en cuanto a horas se refería, decidimos abrazar a nuestras familias.
El viaje comprendía dos escalas, ambas de 18 horas: una en Sao Paulo y la otra en Madrid.
Llegamos al aeropuerto de Río de Janeiro con tiempo de sobra...Tras 5 meses y medio en Sudamérica habíamos aprendido que los imprevistos están a la orden del día.
Procedimos a buscar el stand de la compañía aerea y esperamos a la hora del check in. Nos pusimos a la cola y un trabajador nos indicó que debíamos imprimir primero las etiquetas del equipaje en una máquina. Le pedimos que nos indicara cómo, pero el hombre se abrumó y nos abrió la cinta. De repente, nos encontrábamos en la cola de "viajeros preferentes". Ni era nuestra cola ni teníamos las etiquetas necesarias para efectuar el chek in. El campeón, simple y llanamente, se había quitado el marrón de encima. Era evidente que no iban a permitirnos hacer el check in de esa manera.
En consecuencia, pasamos por debajo de las cintas que nos separaban de la fila que sí nos correspondía, y entre "disculpas", " obrigados", cintas que superábamos agachados y cintas que directamente cambiábamos de lugar fuimos abriéndonos paso entre la gente hasta llegar a las máquinas.
Tras estudiar el mecanismo comenzamos el proceso. Al de un rato, todas las máquinas dejaron de funcionar. Ahora había cola para hacer el check in, y para hacer el chek in del check in. El deschekinador que lo descheckine buen desencheckinador será.
Todo bien.
Tras un reseteo general pudimos al fin sacar las dichosas etiquetas.
Otra vez a la cola.
En el stand de la compañía aerea entregamos las maletas. " Hasta Madrid" nos dijo el chico. " Hasta Johannesburgo" replicamos. " Las maletas solo van a llegar a Madrid, porque allí esperáis 18 horas y necesitaréis ropa". " Ya empezamos..." pensamos. " En Sao Paulo también esperamos 18 horas y en cambio no nos hacéis recoger las mochilas¿ Cuál es la lógica?"
El muchacho sonrió por incomodidad.
Nosotros por resignación.
Mientras veíamos nuestras mochilas desaparecer tras la cortinilla de la cinta transportadora comentamos que ojalá esta incoherente manera de gestionar el envío no nos causara problemas.
"Bah, seguro que no, no seamos agoreros".
Las 18 horas en el aeropuerto de Sao Paulo se pasaron más rápido de lo esperado.
Buscamos unos bancos relativamente discretos para tumbarnos, y tras discutir con una señora que reclamaba para sí la propiedad de las banquetas, que decía no nos conocía y que no podíamos dormir ahí, que vendría su amiga, que "señora su amiga no existe y me voy a tumbar aquí, no me taladre la cabeza más", nos echamos a dormir entre los murmullos de desaprobación de la registradora de la propiedad de banquetas del aeropuerto.
Lectura, charla, paseo, comer...
Unas cuantas horas antes nos acercamos a la terminal de salida. A la hora del embarque controlábamos tranquilos la cola para subir a nuestro avión. De repente sonaron nuestros nombres por la megafonía.
Teníamos que realizar no sé qué gestión absurda antes de aceder al avión, porque era una conexión. Datos por aquí, datos por allá, hastío por acullá.
"Por cierto- nos dice la azafata- una de las mochilas no ha aparecido".
Agoreros o profetas.
Prácticamente todos los pasajeros estaban ya en el avión.
" Pero suban, que para cuando lleguen a Madrid ya la tendrán seguramente".
No te lo crees ni tú.
Le pedimos que nos explicara el proceso mediante el cual sabríamos dónde estaba nuestra mochila y cuándo llegaría exactamente dónde. Tenía absolutamente todas mis pertenencias en esa mochila. En ese momento, todo lo que tenía se circunscribía a la ropa que llevaba puesta y lo poco que había en mi mochila de mano.
La campeona, compañera del anterior campeón, no tenía ni idea de lo qe teníamos que hacer, por lo que llamó a otra azafata.
Ahora solo quedábamos por subir al avión nosotros dos y un pasajero que llegaba tarde.
" Entren que todo se va a solucionar" nos dice la segunda.
De nuevo, no te lo crees ni tú.
Ante nuestra negativa, dice que ellla va a abrir un expediente para que se localice la maleta y que cuando llegáramos a Madrid podríamos preguntar en la oficina cuál era el punto exacto donde se encontraba.
Cuando aterrizamos en Madrid el trabajador de la oficina abrió los ojos como platos. Su compañera de Sao Paulo no había abierto expediente alguno, por lo que nadie sabía dónde estaba mi mochila.
Pasamos unas horas magníficas con la familia, y embarcamos hacia Sudáfrica.
Al llegar a Johannesburgo, aun sin mi mochila, fuimos a recoger el coche que habíamos alquilado. Queríamos llegar cuanto antes a casa de nuestro anfitrión en Couchsurfing.
Pero no. Esto no funciona así.
Los trámites para conseguir los permisos para circular por Namibia y Botswana iban a ser cosa de 4 días según lo hablado por ellos vía telefónica. Ya decía Einstein que el tiempo es relativo, porque una vez en su oficina de alquiler se habían convertido en un mínimo de dos semanas.
De nuevo, no os lo creeis ni vosotros.
Cancelación y a la búsqueda de otro coche en otra compañía. El viaje se estaba haciendo muy largo.
Tras varios dimes y diretes, datos y comprobaciones, decidimos que cogeríamos el coche con otra empresa, dos días después, pero con los permisos en mano.
Horas después llegábamos a casa de Peter, un veterano de la guerra de Irak con historias que contar, y que nos brindó su hospitalidad y el descanso que necesitábamos.
Por cierto, la maleta apareció dos días después.
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