El centro de Pretoria estaba abarrotado de gente. Nosotros caminábamos esquivando personas mientras buscábamos un lugar donde sacarnos una foto tamaño carnet y un supermercado. En un momento dado, Zuri avanzó unos cuantos metros, y entre ella y yo se interpuso un hombre enorme. Intenté adelantarlo pero me cerró el paso. Lo intenté por el otro costado y me volví a topar con él.
Comencé a sospechar que algo estaba pasando. Lo intenté por una tercera vez, y disimuladamente, volvió a ponerse delante.
Eso ya no era casualidad. A la cuarta intentona lo golpeé suavemente con el hombro en la espalda. Era mi forma de decirle que lo tenía calado. Él dio un pasito acelerado forzado por el empujón, y su compinche pareció darse cuenta de la situación, porque un segundo después tomé conciencia de una de las varias opciones situacionales que había barajado: unos dedos intentaron entrar en el bolsillo de mi pantalón. Me giré bruscameste y acerté a golpear esos dedos con los míos. El teléfono móvil cayó al suelo, y en el lapso temporal que me llevó recogerlo los carteristas se habían fundido entre el gentío.
Grité un " ¡ Hijos de perra!" al viento para que lo recogiera quien lo mereciera, y entré en el supermercado mirando al armario empotrado encargado de realizarme la pantalla.
Él siguió adelante disimulando, una chica se reía mirándome, y mi insulto se perdió en el limbo porque los carteristas de Pretoria, obviamente, no hablan castellano.
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