Resulta que sí, que existe una Bali con poco turismo, sin apenas gente.
Cogimos la moto, y tras acercarnos a una de las mayores atracciones turísticas de la isla ( Tanah Lot ), nos pareció que el precio de la entrada era abusivo. No queriamos acceder al templo, solo visitar la playa y ver el paisaje, pero nos cobraban lo mismo porque la playa " queda dentro del recinto". Decidimos no entrar y emprender una ruta alternativa.
Y así, preguntando, terminamos metiéndonos por caminos con el asfalto destrozado, avanzando despacito entre huertas verdes sin y llegando a Kedungu beach por una entrada alternativa a la general.
El mejor indicativo de la poca gente con la que nos topamos es que se nos cruzó por delante un lagarto de tamaño considerable.
Ante nosotros se abrió un arenal negro bañado por un mar encrespado que amenazaba pero no embestía.
Tras Kedungu, una parada rápida en Pererenan beach. Poca gente pero mucho viento. No era un contexto apetecible, pero el trayecto hasta allí mereció la pena: huertas y arrozales verdes, y al paso por los pueblos, los bordes de las carreteras decoradas con motivos manufacturados con hojas o ramas entrelazadas, que supusimos ( aunque no confirmamos) tenían significdo ritual. Y es que estas formas estaban más elaboradas justo en las entradas de los templos.
La última parada del día fue la playa Batu Balong. Si bien había bastante gente en el arenal inmediatamente posterior a la entrada, bastaba con alejarse un poco para no sentir sensación de multitud.
El ambiente ahí es de lo más curioso: gente haciendo surf, tomando el sol, leyendo, haciendo artes marciales, realizando ejercicios gimnásticos, llevando a cabo series de deporte de mantenimiento junto a su entrenador personal, cometas volando, perros corriendo enloquecidos...Todo mezclado, no agitado.
Finalmente, tras un par de baños y un tiempo dedicado a la observación, emprendimos el camino de vuelta al hostal antes de que se pusiera el sol. El tráfico en la entrada de Legian es criminal, por lo que preferiamos llegar con luz natural.
El día había cundido.
A la mañana siguiente salimos rumbo a Sanur con expectativas de encontrarnos hordas de gente. Afortunadamente, nada más lejos de la realidad: la playa es kilométrica, por lo que tras caminar un ratito por el paseo marítimo encontramos un lugar donde estar prácticamente solos. La escena de los pescadores pescando metidos en el agua hasta la cintura, entre barcos anclados, nos tuvo un rato encandilados. Las olas rompían muy lejos de la orilla, y se creaba una gran piscina natural, por lo que dedujimos que allá donde las olas perecían debía haber una barrera de coral. Eso y tantos pescadores tenían que ser sinónimos de una rica fauna subacuática: Zuri incluso vio un bicho parecido a una serpiente...
Dedicamos el día a leer, hacer snorkel, dormitar y haraganear.
Fue un plan perfecto.





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