miércoles, 20 de junio de 2018

Antropología de la deshonra.

La conocimos porque el homestay donde nos íbamos a alojar en Padangbai, Bali, había roto el trato al que llegamos unos días antes. Era poco dinero, pero no era lo que habíamos acordado, así que nos fuimos.

Y allí estaba ella, ayudando a su madre adoptiva, ya anciana, en la gestión de su alojamiento. No soy capaz de recordar su nombre de exótica sonoridad , pero me acuerdo de su sonrisa franca y de sus ganas de conversar.

Supera los 40 años, su vida ha sido dura, pero su sonrisa es contagiosa.

Nació en Lombok, y en edad adolescente se casó por presión social con un hombre al que no quería. Quedó presa de su propia vida, pero tuvo un hijo al que adorar. Desgraciadamente para el crío y para ella, el bebé murió poco después de nacer. Ese hecho, en una sociedad ultra conservadora, la condenaba al sufrimiento eterno. Por dentro y por fuera.

-Si el bebé hubiera sido mujer no habría sido tan grave- nos dice con lágrimas en los ojos-. Pero era varón.

Su marido se sumió en un estado de enfado permanente. Había deshonrado a la comunidad: dejar perecer a un hijo varón no era cuestión baladí, y toda la comunidad le dio la espalda.

Había pasado de ser una persona infeliz a ser poco más que una apestada.

Pero es fuerte. Dura.

 Tomó una decisión que sabía que le cerraría para siempre las puertas del perdón; Sin decir nada a nadie, sin despedirse, sin apenas pertenencias, se subió a un barco y se marchó de Lombok.
Nunca le permitirán pisar de nuevo la isla en la que nació.

Pasó un tiempo deambulando por Padangbai, y siendo como es un lugar pequeño, no pasó desapercibida. Un día, sin más ni más, una señora la acogió en su casa.

La mujer preguntó y la chica respondió. Se hablaron, se miraron y se quisieron. Se quedaría en casa de aquella mujer hasta que consiguiera valerse por sí misma.

- Es mi madre adoptiva- dice dándole gracias a la vida.

Tres años después estaba lista para volar sola. Cogió otro barco hasta Java, y con el dinero justo para una temporada, la aceptaron en una iglesia católica. Si en Padangbai fue el renacer, en Java fue el desarrollo.

Le enseñaron a leer, a escribir, y nociones de inglés. A ella no le hacía falta mucho más, la fuerza y la energía la traía de serie. Hizo por vivir y la vida la recompensó: tuvo tres hijos que le hinchan el pecho de orgullo.

-Mi sueño era que mis hijos estuvieran sanos y fueran a la universidad.

No solo eso. Además, sus hijos viven con ella y los cuatro regentan un negocio familiar con el que les alcanza para vivir bien.

- Cuando tengo vacaciones vengo a Bali a ver a mi "grandma" - se le ilumina la cara-. No puedo pedirle más a la vida.

Y es que, a veces, las resurrecciones existen.

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