viernes, 29 de junio de 2018

Las huellas de la colonización en Filipinas.

Las islas Filipinas llevan la colonización adheridas al nombre, o lo que es casi lo mismo, a su identidad.

Y digo casi, porque engaña, porque Filipinas es Asia pero no lo parece, porque el ritmo de vida es más tranquilo, porque las distancias cortas se recorren en tiempo largo, muy largo, porque el turista no se siente un billete monetario bípedo, y porque aunque mantuvieron la nomenclatura, tras Felipe llegó William, que cedió ante Hirohito. Después, tarde ya para desarrollar una idiosincrasia propia, las islas consiguieron su independencia.

La cultura filipina es mixtura. Comida que suena y sabe española: lechón o cerdo en adobo;  Reminiscencia de siglos y de biblia en nombres personales ( juan, jose...), ciudades ibéricas a continentes de distancia ( Valencia, Santander...), iglesias católicas de estilo eminentemente español y un largo etcétera que da paso al siguiente, el etcétera estadounidense.

Salpican las islas precarias canastas y cuidadas canchas de baloncesto, y los jeeps de traslado de soldados que el ejército yanki dejó  tras la segunda guerra mundial se han reciclado en pintorescas unidades de transporte público.

Mención aparte merece el lenguaje. Junto al propio, es cooficial el inglés, pero el hispanoparlante se extraña al oir los números en castellano. Da igual el idioma vehicular de la conversación, los números y las horas, muchas veces, las dirán en castellano ¿ Será que cuando los estadounidenses reemplazaron a los españoles priorizaron las relaciones comerciales con los locales y para ello bastaba con señalar el producto y negociar en el código numérico que los isleños ya conocían? ¿ Era, por lo tanto, una manera de no detener la evolución del mercado?

Nos toca investigar.










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